Todos los articulos por Mayo Casanova

Inflamables

“Las guerras (…), que nadie intente convencerme que los gerifaltes de tanto desatino se veían obligados a tomar ansiolíticos para poder conciliar el sueño. Y siempre fue así, guerra tras guerra. Pero existe otra forma de matar (…): la revolución del pueblo que, harto de sufrir injusticias y, cuando llega al límite, sale a la calle a buscar venganza, muy a menudo tan injustamente como fueron tratados ellos: es la peligrosa violencia de la plebe”.

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Barcelona, recuerdos de posguerra (XIII)

“…Alguna vez salía también alguna chica bailando claqué y una vez actuaron un par de chicas juntas haciendo una demostración del baile que se había puesto de moda, “el Tiro –Liro”, que consistía en elevar hacia arriba los dedos índices de cada mano para a continuación bajarlos hacia el suelo, y después se cogían del brazo, daban un par de vueltas…y ya está…”

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Barcelona, recuerdos de posguerra (VII)

“…A veces, cuando los grises consiguen atrapar a alguno de esos delincuentes de poca monta, lo llevan a comisaría donde, después de darles algunos azotes con la porra, los pelan al rape (…) A esas personas se les conocía como “quincenarios” porque permanecían en los calabozos quince días. Ver por la calle a alguien pelado inspiraba desconfianza y al menos dejaba de actuar hasta que le volvía a crecer el pelo…”

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Barcelona, recuerdos de posguerra (VI)

“…Una mañana, cuando el lazarillo se disponía a cruzar la Rambla camino de su trabajo, se le cruza por delante un hombre vestido con cazadora oscura. De improviso, se escucha una fuerte voz que ordena “¡ALTO!” El hombre de la cazadora apenas tiene tiempo de girar totalmente su cabeza cuando dos disparos a muy corta distancia lo dejan abatido en el suelo. Al día siguiente la Vanguardia Española publica: “Ayer las fuerzas de orden público dieron muerte al jefe de la Célula comunista de Levante”. Y punto…”

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Barcelona, recuerdos de posguerra (V)

“…Junto al Moka, los almacenes SEPU (Sociedad Española de Precios Únicos), donde venden casi de todo, desde peines a sartenes, desde bisutería a delantales de cocina y hasta relojes de pulsera, que un buen día aparecen en uno de sus escaparates dentro de un capazo de esparto con un cartel que reza “relojes al peso”, es decir, se escoge el reloj, el empleado lo pesa y a tanto el quilo, da su precio…”

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