Los Del Val, una familia eldense a la sombra de Castelar

Nota: Artículo publicado originalmente en la revista Alborada nº 28 -1982

En la vida de los pueblos, o de los hombres, hay momentos estelares, instantes fugaces en los que por lo que sucede o por lo que deja de suceder, su influencia pesa decisivamente sobre el discurrir posterior de los acontecimientos, pudiendo llevarles al triunfo o a la catástrofe. La historia presenta muchos ejemplos de sucesos que pudieron ser y no fueron y que de haberse producido hubieran cambiado tal vez el curso de la Humanidad.

Igualmente sucede en los individuos y así ocurre en la familia eldense que es motivo de estas líneas, la familia Del Val a la que un día de un impreciso año de mil ochocientos treinta y tantos llegó una acongojada viuda con dos hijos -una moza de unos quince años y un niño de dos o tres- pidiendo amparo y cobijo, invocando los lazos fraternales que les unían. Si en aquel momento doña María Antonia Ripoll, madre de Castelar, no hubiera hallado el generoso corazón y los brazos abiertos de su hermano, hermana y cuñado, otra hubiera sido la trayectoria humana del que después fue eminente tribuno, orgullo de España y admiración de Europa, Emilio Castelar, y otra, indudablemente, la suerte de la familia Del Val, amparadora de Castelar y los suyos en momentos aciagos para estos. El devenir, siempre impredecible, de los acontecimientos, hizo que los acogidos de entonces fueran después los que amparasen y dieran protección a sus protectores de antaño.

Don Emilio Castelar, por Suárez Llanos (Ateneo de Madrid)

Desconocemos por qué motivos, los hermanos Francisco y María Francisca Ripoll, originarios de Villafranqueza, partida de Alicante, llegaron a Elda, matrimoniando ella con Máximo del Val, figura destacada en la localidad aunque no era nacido en Elda, sino en Tortosa (Tarragona). Este Máximo del Val ostentaba entonces la categoría de Capitán de la Compañía de Granaderos de la Milicia Nacional de Elda, y según las noticias que nos han llegado dé él, era un seguidor de la política de Espartero «al que idolatraba» según J. Payá Pertusa. Del Val tenía ideas profundamente liberales, las que en aquellos tiempos eran consideradas como revolucionarias y peligrosas.

Los tres -Francisco, a quien llamaban «el Alicantino» , Francisca y Máximo- poseían en Elda, calle de San Roque, número 10, un floreciente comercio de «ultramarinos y coloniales», como se llamaban entonces, y que consistía, según Bernardo Herrero, en «un pequeño bazar con infinidad de artículos, donde podían proveerse los vecinos de cuantos géneros necesitaban, siendo el ramo de tejidos una de las principales bases de su comercio».

No debía ser muy pequeño el «bazar» de don Máximo, puesto que él figuraba entre los primeros contribuyentes del pueblo y por lo que continúa refiriendo Bernardo Herrero -y nos basamos en su testimonio por haber vivido el ambiente en que se desarrollaban estos hechos al estudiar la infancia de Castelar con las personas que la vivieron- de que los miércoles, día en que Sax celebraba mercado, los dependientes de don Máximo ponían puesto de venta en aquella población como lo harían los restantes días en otras poblaciones de la comarca y cargaban un carro con las mercaderías, especialmente los tejidos. En este carro iba Castelar de niño a cursar sus estudios en la escuela primaria de Sax.

El matrimonio Del Val tuvo seis hijos, Rafaela, Rafael, Eleuteria, Virginia lsabel, Antonio y Virginia Adelina, esta última nacida en 1841, y todos vivían una existencia desahogada económicamente, compartida con doña Antonia Ripoll y sus hijos Concha y Emilio. Todo hubiera ido bien sin las dramáticas peripecias en que vivía la triste España de aquellos tiempos, ensangrentada por las pugnas feroces de carlistas, isabelinos, liberales, reaccionarios y demás facciones del conturbado mapa político de entonces. En Elda, como en todos los pueblos de España, se vivían hondamente las discordias políticas, hallándose la población dividida, especialmente en los sectores liberal y moderados (o realistas, isabelinos, conservadores o cualquier otro nombre). Castelar recuerda estas diferencias al hacer alusión a la madre de Juan Rico y Amat «alcaldesa de real orden, muy politicastra y muy reaccionaria, que se nos aparecíá como una especie de princesa de las Beira, amenazando en cuanto el papel moderado subía y bajaba el nuestro, con recluirnos a todos los liberales, grandes y chicos, mujeres y hombres, no en la cárcel del pueblo, sino en la gorrinera de su casa».

Lamberto Amat, muy conservador él como buen católico, terrateniente y perteneciente a las clases acomodadas de la villa, contemporáneo de Máximo del Val, hace alusión en forma críptica a un «personaje levantisco» que conturbaba la vida del pueblo y a quien en una especie de pronunciamiento a nivel de la villa, su padre, don José Amat y Amat, alcalde de Elda de 1837 a 1844 y Comandante del Batallón de la Milicia Nacional de la villa, consiguió hacer desaparecer, con sus seguidores, de la escena política eldense, haciéndole emigrar. La fecha en que sitúa Amat este oscuro hecho es probablemente en 1837, por lo que no puede identificarse a Máximo del Val con este «personaje levantisco», pues Bernardo Herrero apunta la fecha en que «…cuando perseguido por los reaccionarios de Elda por sus avanzadas ideas políticas liberales consumaron su ruina y le hicieron emigrar abandonando todos este pueblo…» cuando ya habían terminado los estudios de segunda enseñanza de Castelar. Si estos estudios de «segunda enseñanza» son los que Castelar cursó en el Instituto de Alicante, sería en 1849, más si se refiere a los dos primeros años, que parece le fueron convalidados por las enseñanzas recibidas del maestro Pedro Valera de Sax, sería en 1845.

Por la repetida presencia de Máximo del Val en los libros de elecciones municipales y de diputados provinciales o a las Cortes y senadores, como elector y elegible, así como en las relaciones de nombramientos de la Milicia Nacional y en las de Reparto de Contribuciones en cuyas listas figuraba en lugar destacado, podemos comprobar su constante permanencia en Elda hasta aproximadamente octubre de 1844, en cuya fecha desaparece su nombre para siempre de los legajos municipales.

Hemos de admitir como probable esta fecha para fijar la de la emigración de Elda de Máximo del Val y los suyos, que parece ser marcharon a Aliaga, en Teruel, donde la esposa de Máximo tenía familiares y donde se dice que los Guijarro consiguieron para Máximo la Administración de Rentas de esta población Posiblemente sean estos Guijarro los mismos parientes que no acogieron a la madre de Castelar cuando llegó de Cadiz buscando amparo para ella y para sus hijos y una de cuyas jóvenes componentes, prima de Castelar, parece que fue el único amor de éste, pues siendo camarista de la Reina tuvo relaciones con su prima, rotas por la enemistad de la madre con sus familiares de Aliaga, posiblemente por el rencor que quedó en ella por la negativa de aquellos a acogerla y por cuyo rechazo acudió a Elda. Doña Antonia Ripoll, en su lecho de muerte, hizo prometer a Emilio que no se casaría con ella, lo que cumplió, según Milego, permaneciendo soltero toda la vida.

Mientras Castelar, su hermana y su madre quedan en Elda, bajo la protección de otra familia eldense, los Del Val desaparecen por completo de la escena local, perdiéndose todo rastro de su posterior itinerario, con los únicos puntos conocidos de Madrid, donde estudió el hijo menor, Antonio; Manila, con la actuación de Rafael al frente de la Fábrica de Tabacos, y Zamora, donde vivió Virginia y a donde fue a morir Antonio en 1886, siempre, todos ellos, a la sombra de Castelar que en aquellos años, a fuerza de voluntad, de perseverancia, de inteligencia y honradez consigo mismo, habíase granjeado un puesto relevante en la escena política madrileña.

Es significativo el hecho de que cuando a continuación del memorable discurso del Teatro de Oriente en 1854, que le consagró como jefe indiscutible de la democracia española, recibió la oferta del ministerio de obtener una pensión de cincuenta mil reales para ir a estudiar a Alemania, el primer pensamiento de Castelar fue para sus familiares eldenses en desgracia… «En aquel momento» escribió a su madre, relatándole la oferta y su rechazo- mis tíos, mis primos, pasaron ante mis ojos, pero me acordé de que antes que todo es la virtud, antes que todo el buen nombre».

Probablemente entonces ya habían muerto don Máximo y su esposa, pues en la misma carta menciona solo «al tío Quico, expuesto a quedarse sin destino».

No es hasta doce años después, cuando Castelar regresa del exilio en septiembre de 1868, en que puede hacer realidad su aspiración de reunir consigo a sus familiares más queridos: su hermana Concha y su primo Antonio, ya que su idolatrada madre había fallecido en 1859. Así llevó a estos a vivir con él a su domicilio en la calle de Lope de Vega, de Madrid.

El otro primo, Rafael del Val, nacido en Elda el 6 de junio de 1832, por lo tanto tres meses mayor que Castelar, probablemente contaba con ingresos propios ya que ni Virginia ni él pasan a vivir con el tribuno. Pero la influencia de éste es grande y tal vez a ella se deba el puesto de director de la Real Fábrica de Tabacos de Manila (Filipinas) que ostentaba en un periodo cuyo inicio desconocemos, pero en el que se mantenía en los años 1880 a 1883, cuando su influyente primo ya era una personalidad respetada por todos, pero apartada de las luchas políticas y ya por encima de las pugnas partidistas.

Este Rafael del Val es protagonista de un episodio de hondo carácter eldense, durante su estancia en la capital de Filipinas en los años indicados, en uno de los cuales una epidemia de cólera causó gran mortandad en las islas. Rafael del Val, como buen eldense, era devoto de la Virgen de la Salud y ante aquella lastimosa situación reunió a sus trabajadores, sugiriéndoles se encomendaran a la celestial protección de la Virgen de Elda, de la cual la piadosa devoción contaba su milagrosa intervención en epidemias y contagios sufridos en la comarca eldense.

La epidemia, que había causado muchas muertes en las islas, pasó sin que ninguno de los obreros de la fábrica, ni sus familias, fueran víctimas de ella, por lo que en muestra de agradecimiento acordaron dedicar un día de su haber a obsequiarla con una ofrenda que fuera patente demostración de su gratitud.

La hermana de Castelar, doña Concha, había regalado a doña Justa Escobar, esposa de Rafael del Val, una hermosa pieza de tela azul que esta ofreció para el obsequio que iba a hacerse a la Virgen. Así, con el donativo realizado por todos los trabajadores, españoles y filipinos, y la cantidad que añadió Rafael del Val, fue bordado artísticamente y ornado de oro y pedrería, convirtiéndolo en un hermoso manto azul y resultando una preciosa joya de arte que causó la admiración del pueblo eldense, cuando en 1883 se recibió y fue expuesto primero en el púlpito de la iglesia de Santa Ana y después en la sacristía para que pudiera ser admirado más de cerca. Todo el pueblo, con Mayordomías, autoridades y Banda de Música subió a la Estación a recibirlo con el mayor entusiasmo.

Como agradecimiento a este gesto de amor a su celestial Patrona de Rafael del Val, éste y su esposa fueron nombrados respectivamente Mayordomo nato vitalicio y Camarera de la Virgen el 9 de septiembre de 1883.

El malogrado poeta eldense Francisco Laliga evocó este hecho, que podría parecer legendario si no hubieran testigos de ello, con unos inspirados versos de un poema incompleto dedicado a exaltar los hechos milagrosos de la Virgen de la Salud y que en la parte final del poema dedicado a este acontecimiento dice:

«¿Ois? ¿Ois? En la torre
dobla alegre la campana;
en los atrios de la iglesia
el pueblo se desparrama
el grato olor de las bóvedas
parece que al suelo baja
confundido con el órgano
y al corazón todo halaga.
Es que a los pies de la imagen
que allá tan lejos le salva
deposita como ofrenda
el hijo que tanto la ama
un manto cuajado de oro
que ricas piedras esmaltan,
con que dobla sus encantos
la virginal desposada
en el día en que la fe
cultos de amor le consagra.

Después de este bello gesto, la figura de Rafael del Val se esfuma definitivamente; nada más volvemos a saber de él. Sí, en cambio, de otro Rafael del Val cuya devoción y asiduidad en el servicio a Castelar se menciona repetidamente por los cronistas de la vida de éste. Tenemos motivos muy fundados para pensar que éste, que Herrero llama «sobrino predilecto de Castelar», será hijo de Rafael del Val y de su esposa doña Justa Escobar, siendo nuestros motivos los de que de los hijos de don Máximo del Val, las mujeres no podían transmitir su apellido paterno más que en segundo lugar, y el menor de los dos hijos varones, Antonio, falleció soltero y sin hijos, por lo que evidentemente no queda más que Rafael, que nos consta era casado y podía haber tenido algún hijo. De tenerlo, sería sobrino, aunque en segundo grado, de Castelar.

Como la familia Del Val únicamente estaba emparentada con Castelar por la rama materna, cualquier otro vástago de un Del Val, que no fuera descendiente de Máximo, no hubiera tenido el más mínimo parentesco con el egregio tribuno.

Aunque probablemente no nacido en Elda, pues el destierro de la familia primero y el alejamiento de Elda después no permiten suponer otra cosa, Rafael del Val y Escobar sí puede ser considerado oriundo de Elda, y de cualquier modo, como perteneciente a la familia eldense que es motivo de estas líneas. Probablemente, cuando el familiar más querido de Castelar después de su madre y hermana, su primo Antonio del Val fallece en 1886, don Emilio quiso acoger junto a sí a su joven sobrino Rafael, para que hiciera las veces de secretario como las hacía aquel, aunque más bien eran las de personas de confianza, ya que secretarios siempre tuvo otros como Ginés Alberola en un tiempo y Ferrer en otro, ya en sus últimos años.

Rafael del Val y Escobar acompañó fielmente al tribuno en los últimos años de éste, yendo con él a la casa de los Senabre, en Sax, donde le sirvió de amanuense cuando Castelar ya no podía escribir personalmente sus clásicas cuartillas de grandes y desiguales líneas llenas de borrones y tachaduras. En San Pedro del Pinatar, última estancia de Castelar en su vida, fue su más íntimo compañero, no separándose de él un momento desde que se inició el ataque de disnea, complicado con unas dolencias crónicas de diabetes y cardiopatías, que acabó con la vida del gran demócrata. Su sobrino recogió las últimas palabras de Castelar: «Sueño; tengo mucho sueño».

Tras la muerte de Castelar, el 25 de mayo de 1899, y después de figurar como único representante de la familia en la cabecera del cortejo fúnebre del tribuno, Rafael del Val y Escobar desaparece de la escena como lo había hecho su padre tras el episodio de «El manto azul». Solamente en 1903 vuelve a figurar su nombre en «El Vinalopó» como firmante de un escrito a Miguel Tato y Amat, director de este semanario eldense, lamentándose de la poca presencia de Elda en la suscripción nacional para erigir un monumento a Castelar en la capital de España.

Es su tía Virginia del Val, nacida en Elda y residente en Zamora, pariente más cercana de Castelar quien respondió de forma serena y grave al presidente Silvela, rechazando los mezquinos auxilios del Gobierno, que regateaba honores a quien había muerto, como apuntaba el ofrecimiento, «en honrada pobreza».

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6 respuestas a “Los Del Val, una familia eldense a la sombra de Castelar”

  1. Soy descendiente de la familia de Rafael del Val Escobar.
    Tenemos el árbol genealógico. Si les interesa, pónganse en contacto conmigo mediante este correo electrónico.

    1. Soy estudioso de Castelar, sería posible me enviasen su árbol genealógico, les quedo muy agradecido.
      José Carlos González Bautista
      Dr. en Ciencias Quimicas

  2. Estoy investigando a Emilio Castelar, alguien conoce algún familiar o amigo de el que se llamase Natalia o Natalio y que parentesco o relación tenian?
    gracias
    pepe

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