La rebotica casera o lo que no mata engorda

*Nota: Artículo publicado en la Revista Alborada nº 49 -2005-. Cómprala aquí.

El cine, a veces, suele ser fiel notario de los cambios que experimenta toda sociedad. Recuerdo vagamente algunas escenas de una película española de comienzo de los años 50 del pasado siglo en la que la trama principal consistía en el robo de unos frascos de penicilina procedentes del extranjero y que debían llegar por avión para salvar la vida de un niño. Una banda de maleantes andaba detrás de los preciados antibióticos para enriquecerse vendiéndolos en el mercado negro.

Estos hechos indicaban cómo estaba la sanidad del país y, además, estaban basados en una realidad histórica, ya que el 10 de marzo de 1944 un ingeniero coruñés y una niña madrileña de nueve años recibieron las primeras dosis de penicilina que se administraron en España, enviadas unas desde Brasil y otras por las tropas norteamericanas que estaban asentadas en el norte de África.

Las viejas recetas elaboradas en casa siempre bajo la atenta mirada de las abuelas venían a sustituir o complementar la escasez de recursos de la medicina oficial. El autor de este trabajo aparece sentado el día 7 de abril de 1953, flanqueado por sus abuelas en la calle S. José de Calasanz.

Así de escasa y desamparada se encontraba aquella sociedad autárquica apenas hace poco más de medio siglo. Había carencias de todo tipo: alimenticias, sanitarias,económicas y, sobre todo, políticas, que propiciaban la escasez derecursos eficaces para curar muchas enfermedades. Los remedios caseros, generalmente aplicados por madres y abuelas, venían a sustituir y, algunas veces, complementar los escasos recursos de la medicina oficial. Sobre esto, repasando la memoria propia y también la ajena, voy a enumerar la aplicación de algunas de estas medicinas a sus correspondientes dolencias, algunas de ellas experimentadas por el que esto suscribe y que, al día de hoy, en algunos casos, podrían parecer inverosímiles y hasta demenciales. En 1952, algún «sabio» del Régimen, quizás para que la gente no se desmoralizara, presentó en sociedad y a bombo y platillo un descubrimiento Made in Spain,un hongo milagroso o curalotodo que lo mismo curaba la tuberculosis o la sarna que hacía de reconstituyente y que hasta fue parodiado por la familia Ulises en el TBO. Por lo visto, su aspecto baboso y repugnante (había que cultivarlo en casa) y los resultados nada efectivos dieron con el hongo en la basura.

Por eso, en nuestras casas, las madres volvieron a los viejos remedios ya conocidos. Para aliviar los dolores de barriga, se solía cocer un buen puñado de arroz y el engrudo resultante, algo caliente, se aplicaba alrededor del ombligo, cubriéndose todo con un paño. El enfermo debía permanecer boca arriba todo el tiempo que pudiera para que no se desparramara y, así, dar tiempo a que saliera la inflamación del vientre.

Las lavativas, de uso muy frecuente, se preparaban en casa con fórmulas magistralesque iban desde la cocción de hierbas diversas hasta las de agua y jabón con o sin sal.El aceite de ricino, utilizado para purgas, tenía un sabor muy desagradable y costaba Dios y ayuda tragarlo, sobre todo a los niños que, a veces, tenían que ser sujetados por algún miembro de la familia. Era una experiencia para no repetir, pues aquello era vomitivo.El agua de Carabaña, aunque no llegaba a repeler tanto como el aceite de ricino,venía a sustituirlo. Tenía un sabor amargo y salado y también costaba lo suyo beberla.

El bicarbonato se vendía a granel en las droguerías y era despachado con la misma pala con la que se sacaba la potasa y la lejía en polvo. Esto llegó a ser la causa de alguna que otra equivocación que, finalmente, resultó fatal. En los inviernos rigurosos en que se producían aquellos molestos ydolorosos sabañones, el remedio más usual era administrado por el mismo paciente, que aplicaba sus propios orines sobre el sabañón. La erisipela, una infección cutánea, era tratada poniendo una tortuga sobre el rostro del afectado, lo que impresionaba bastante, ya que el animal pugnaba por marcharse y debía de ser sujetado. Por lo general, tener piojos alguna que otra vez era bastante normal. El remedio que se aplicaba era pasar un peine espeso por el cabello una y otra vez, depositando los bichitos sobre un trapo negro, donde eran rematados con las uñas. Y, si había liendres, las madres aplicaban con una brocha a sus vástagos, mientras dormían, vinagre o DDT,con lo que el escozor estaba asegurado, al igual que el insomnio.

Esta generación de niños eldenses, en la década de los años 50 fueron los primeros beneficiados con el nuevo fármaco antibiótico: la Penicilina, que fue desterrando los ancestrales remedios caseros. Fiestas de septiembre de 1954. Calle Juan Sempere.

 

Resfriados, anginas, tortícolis y otras dolencias más o menos relacionadas con las vías respiratorias y el cuello, eran tratadas con mucho ingenio y pocos elementos farmacéuticos. Recuerdo que mi madre caldeaba la cama a base de botellas de cristal llenas de agua hirviendo, sujetando los tapones de corcho con hilos para evitar inundaciones. La manteca alcanforada a granel venía a ser el Vicks VapoRub de la época y, para anginas y tortícolis, se preparaba un gran trozo de papel de estraza que, frito con aceite, se envolvía rápidamente alrededor del cuello con alguna bufanda,teniendo que renovarse constantemente. Añadid también a estos males el uso de las inefables y económicas Pastillas Juanolas y las más caras tosiletas como complemento del tratamiento.

Algunas mujeres encargaban a la chiquillería la búsqueda de escarabajos para elaborar aceites curativos que hoy serían de dudosa aplicación. Niños en la calle Ricardo León

 

No olvidando el aguarrás común, usado habitualmente para diluir la pintura que también fue muy utilizado en los desgarramientos y dolores musculares, para masajear las zonas afectadas. Por entonces, las calles estaban sin asfaltar y había muchos solares llenos de matorrales que albergaban toda clase de bichos: entre ellos, destacaban los escarabajos.


Algunas mujeres encargaban a la chiquillería que los cogieran. Luego, los seleccionaban y freían los, a su juicio, más adecuados.Con el aceite resultante, se hacían aplicaciones para infecciones de oído y, creo recordar, también para boca y encías. Cuando la cosa se complicaba y había dudas sobre la enfermedad que se padecía, se pensaba inmediatamente en el mal de ojo, para lo que siempre hallabas a la persona que indicaba el rito a ejecutar para romper el hechizo.Y, hablando de animales, más de una vez, cuando matábamos alguna culebra o nos la encontrábamos abatida por algún excursionista, la solíamos llevar a alguna farmacia, donde nos daban algunas pesetas por ella. De esta forma se proveían las boticas de materias primas para elaborar sus pócimas.


Así estaba organizada la sociedad de los años 50 y todo nos parecía de lo más normal, incluso la escasez de recursos. Por eso, casi nunca se dudaba de estos remedios que, todo hay que decirlo, no siempre daban el resultado apetecido, sino que, a veces, agravaban más el mal. No era raro que a un niño poco comedor o que estaba flojico se le diera un huevo batido aderezado con un buen chorro de vino quinado San Clemente,que, a veces, te dejaba grogui a causa del subidón del alcohol. ¿Y quién no recuerda los complementos vitamínicos de la época?: aceite de hígado de bacalao, hiposfósitos Salud, los jarabes Morruetine o Calcigenol y poco más, aunque, en casa, se preparaban también otros complementos tales como poner a remojo en vinagre o limón un huevo con su cáscara. Cuando la cáscara se licuaba, el líquido se administraba como aporte de calcio. Y a las chicas, cuando llegaban a la edad fértil, se les administraba el Eupartol. Algunos de estos medicamentos han sobrevivido al paso del tiempo y todavía se pueden encontrar en las farmacias.

El desarrollismo de los años 60 aportó algo de orden y de medios en la sanidad local, que es la que más conozco, con la construcción del ambulatorio de la calle Padre Manjón, que vino a clausurar los insuficientes y cutres centros sanitarios de las calles Liberación y José Amat Sempere, en los que, tras un biombo chino, el practicante de turno pinchaba a uno y otro esperaba con los pantalones bajados. Por toda calefacción, una estufa de leña o serrín que caldeaba la estancia.

Afortunadamente, la Seguridad Social amplió la dispensación de medicamentos que antes sólo eran de pago y no estaban al alcance de la clase trabajadora, con lo cual algunos de los remedios antes descritos poco a poco fueron cayendo en el olvido. ¿Quién nos iba a decir a los españoles que, unos pocos años después de estas miserias, íbamos a vivir en uno de los países que más penicilina consume? Pero eso es otra historia que otros, con más conocimientos científicos, contarán. Yo, bastante afortunado soy por haber sobrevivido a pesar de o gracias a algunos remedios que he descrito, haciendo bueno un refrán que se escuchaba mucho entonces: «lo que no mata engorda».

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