De mina de arcilla a almacén de construcción: la Cova del Ull

Nota: Artículo publicado originalmente en la revista Petrer Mensual, nº40 -abril de 2004-.

De tanto tenerla tan cerca ya ni nos acordamos de ella. En un tiempo fue enigmático punto de encuentro de aventuras infantiles donde se demostraban las ausencias de miedos y se reafirmaban las valentías adolescentes. La Cova del Ull es una cueva artificial, una mina de la que no se extraían metales sino una fina tierra con la que se elaboraban los mejores cántaros y botijos de toda la provincia. Cuando la veta de arcilla se agotó dejó una gran nave subterránea dedicada al cultivo de champiñones. Ahora es un enorme local de mil seiscientos metros cuadrados aproximadamente destinado a almacenar materiales de construcción. Sus propietarios – Paco y Antonio Navarro Bernabeu, los hermanos Carnasa- se conocen al dedillo la historia de esta singular cueva artificial.

Antonio y Paco en el interior de la cueva.

Es impresionante. Ochenta metros de fondo, unos veinte de ancho y quince metros de alto (antes la altura de la bóveda tenía dos o tres metros más, ya que el suelo se «subió»). Toda la oquedad es el resultado de la extracción de arcillas destinadas a las alfarerías que hasta la década de los cincuenta existían en Petrer. La Serra de Les Saleres se caracteriza por los múltiples terrers que jalonan todo el monte, hoy propiedad municipal. Desde siglos, la principal industria de la población fue la elaboración de utensilios de barro, principalmente botijos y cántaros. La zona de La Foia albergaba los alfares más importantes. De los siete que llegaron a ubicarse en la zona, los últimos en resistir fueron los del Tío Volorum, Tío Tonet y Tío Pepo. Por lógica, este tipo de actividad se asentó y desarrolló en Petrer porque contaba con la materia prima necesaria para su elaboración. Más de cinco décadas después que se abandonara la extracción de arcilla blanca (la roja se destinaba a la fabricación de ladrillos y tejas) todavía son visibles gran cantidad de hendiduras o taludes que salpican toda la ladera oeste de la montaña. Las personas que se dedicaban a la extracción del árido buscaban la tierra más fina y la ausencia de piedras que dificultaran la molienda.

Parece que la denominación de la Cova del Ull le viene dada por el parecido que tiene su embocadura a los ojos de los mamíferos y especialmente de los humanos. Comenzó siendo un pequeño agujero de donde sacaron unas docenas de capazos destinados a llenar las balsas donde se preparaba la arcilla para su manipulación (mezclada con agua el resultado es barro). Seguramente, al comprobar la gran riqueza de la térra se intensificó la explotación. Se excavó de arriba hacia abajo en todo el perímetro delimitado por las rocas que le sirven de techo y de paredes. El trabajo se llevaba a cabo en un principio a base de pico y de pala y con ayuda de carbureros (utensilios a los que se les introducía una piedra especial que mezclada con el agua desprendía un gas inflamable) para alumbrarse cuando alcanzó una profundidad considerable. Su extracción se hizo paulatinamente, poco a poco, con arreglo a las propias necesidades y seguramente logró las dimensiones actuales tras pasar varias generaciones. Las últimas décadas -recuerdan los hermanos Carnasa- entraban caballerías que labraban el suelo para evitar que los obreros tuvieran que picar. De este modo solamente se limitaban a recolectar la arcilla y transportarla a los alfares. Precisamente, debido a esa cercanía se utilizaban caballería e incluso carretillas para llenar las balsas poco profundas donde la arcilla se convertía en un fino fango dispuesto a ser moldeado. En la parte del fondo había una especie de era donde los carruajes daban la vuelta.

La antigua mina de arcilla es ahora un almacén.

 

La terra procedente de la Cova del Ull estaba muy cotizada debido a que era muy pura y carecía de piedras y cal. Sus resultados eran excelentes. Los botijos y cántaros elaborados con ella hacían un agua fresquísima y dulce muy superior a la de otros recipientes similares. Incluso cuando se enlucían los aljibes con el cemento rápido que fabncaba el Tío Sensi, en cuyos «ingredientes» se incluía también este tipo de arcilla, se notaba en el sabor del agua. Paco Navarro es contundente al afirmar la diferencia de calidad de las aguas de los aljibes enlucidos con este material. Era muy notable y marcaba grandes diferencias con los que habían sido rematados con cemento normal. Los dos hermanos resaltan que tiene propiedades terapéuticas para la piel, ya que untándose con barro de la arcilla de la Cova del Ull queda una piel finísima que son incapaces de conseguir las más modernas y sofisticadas cremas de los más prestigiosos laboratorios de cosmética.

La gran cueva está situada en tierras que pertenecieron al gran terrateniente local don Eleuterio, propietario hasta mediados del pasado siglo de grandes fincas situadas en nuestro término municipal y otras poblaciones cercanas. Posteriormente, la finca de la Foia en la que se incluía la sierra de Les Saleres, los fértiles bancales de viñas situados en lo que hoy es la Avda. Hispanoa­mérica y sus alrededores y algunos inmuebles, fue adquirida por Cesáreo y Dionisio Guinea Nájera que los parceló y construyó algunos bloques de pisos en la zona, de la mano de los hermanos Carnasa, ambos ma­estros de obras. Fruto de aquella re­lación comercial fue la cesión a estos últimos de la antigua mina de arci­lla para el almacenaje de materiales de construcción. A la rudimentar cueva le pusieron una puerta y de manera experimental compraron ocho decenas de alpacas destinadas al cultivo del champiñón. Aquell experiencia duró solamente dos años debido a que no fue tan exitosa como se esperaban. Las subidas al al macén/cueva son muy frecuentes y como dato curioso aseguran que nunca han visto ninguna rata. Eso sí, muchos pájaros se refugian en su interior huyendo de los rigores de invierno o de las excesivas temperaturas del verano. La cueva también tuvo dos simpáticos y estoicos fardachos (lagartos) de unos ochenta centímetros de largo que plácidamente tomaban el sol sobre una roca situada a la entrada. De la noche a la mañana desaparecieron y nunca se supo nada de ellos.

Exterior de la Cova del Ull.

 

Cuando abrieron la circunvalación de la carretera general Madrid- Alicante por detrás del castillo la empresa Construcciones Rodrigo que se había quedado con la concesión de las obras les pidió depositar por los alrededores de la cueva la tierra extraída de la carretera. Con ella se llenó un barranco de considerables dimensiones y se reconvirtió en un bancal. Precisamente la zona sirvió de marco para celebrar un Día del Arbol. Asimismo, con ayuda de una máquina excavadora también se elevó la entrada a la cueva dos o tres metros y se rellenó e igualó toda la superficie de la misma en iguales medidas.Ahora es un inmenso almacén plagado de todo aquello que se pueda imaginar que tenga relación con la obra y la construcción. En el centro, casi al final, todavía quedan los restos de la última solsia, el último desprendimiento consecuencia de los potentes disparos del penúltimo evento festivo. Constituye una muestra del tipo de arcilla que de este lugar se extraía y que reconvertido en cántaros y botijos paliaban la sed de muchos españoles y también de los habitantes de Marruecos y Argel, donde se exportaba.

Paco, Antonio y las cuevas

Antonio y Paco siempre vivieron en una cueva y sienten especial predilec­ción por estos habitáculos. Se criaron en una situadas en las faldas del mismo castillo y se especializaron en la difícil tarea de enlucir las que otros horadaban. Hacían la bóveda con ladrillos o cañas arquedas, las limpiaban bien y las igualaban, a renglón seguido rociaban las paredes con agua y des­pués con yeso que dejaban reposar un día o dos. Transcurrido ese tiempo mez­claban yeso con arcilla de la zona y a continuación enlucían las paredes y el techo a mano para que no cogiera aire. Finalmente le pasaban la pla­na. Si hubieran tenido que enlucir la Cova del Ull habrían gastado muchas toneladas de yeso y sus manos estarían mucho más encallecidas de tanto someterlas al roce con la pared. Por eso las paredes son de roca, vírgenes, por donde todavía se asoma alguna fina veta de arcilla.

 

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