La epidemia de cólera de 1855 y otros contagios

Portada del manuscrito de F. Maestre Linares, Alcalde de Elda en 1885.

Una atención que agradezco de mi amigo e investigador José LuisBazán me ha permitido disponer de una copia de esta interesante relación nominal y de edades de los fallecidos durante los luctuosos meses del verano de 1885, que se llevó a la tumba a una décima parte de la población que entonces tenía Elda, haciendo desaparecer a familias enteras.

Cuando me encontraba recopilando datos para mi Historia de Elda, estudié esta epidemia en los libros del Registro Civil, no pudiendo hacerlo en los del parroquial de Santa Ana pues, como es sabido, todos los libros de defunciones anteriores a 1936 fueron destruidos durante alguno de los asaltos a la antigua iglesia de Santa Ana, después demolida hasta sus cimientos. Esta misma circunstancia me impidió conocer la verdadera importancia de la anterior epidemia colérica de 1855, ya que entonces no existía en España el Registro Civil, establecido en 1871, por cuyo motivo no tenemos más información de ella que la dada por Gonzalo Sempere y Juan en su Noticia interesante (1), muy breve, y las versiones orales transmitidas a base de recuerdos ajenos, desconociéndose la existencia de relación alguna del impacto producido en la población eldense de dicho año por esta trágica circunstancia.

La relación de Maestre Linares ofrece interesante materia de estudio aunque ella no nos permite conocer el parentesco entre los fallecidos y la verdadera personalidad de muchos de estos, a los que solamente se les da un apellido, la profesión u ocupación de los mismos, de la cual únicamente consta la de muy pocos. Basado en esta parquedad de datos he intentado aportar alguna aclaración a la identificación de alguna de las personas que sucumbieron en esta epidemia. Aun teniendo constancia de lo escasa que es esta aportación, pero en la creencia de que mejor es ésta que ninguna, nos introduciremos en diversos detalles de la «Relación».

El viejo cementerio de Elda en que las 334 víctimas censadas recibieron sepultura estaba situado en la bifurcación de los caminos Real a Madrid y el que iba a Petrer, aproximadamente donde se inicia el Parque de la Concordia (antes Cruz de los Caídos). No conocemos apenas datos ni literatura sobre este recinto, que permaneció prestando el último servicio a los eldenses desde posiblemente 1815, año en que el Gobierno Superior de Alicante ordenó cesara la costumbre de enterrar en las iglesias y cada municipio estableciera un recinto para este destino (si no lo tenía ya), presentando cada municipio un proyecto de nuevo cementerio si no dispusiera ya de alguno útil.

El proyecto presentado por Elda, para su nuevo cementerio, situado en el citado lugar, llamado entonces de San Miguel, fue rechazado por el Gobernador, señor Valdemoros, con el dictamen de que «(…) parecía reparable que para construir un cementerio rural y llenar con ello las miras de salubridad y decoro de los templos que propone el Gobierno sea necesaria la magnificiencia y aparato que ofrece el plano, debiendo sufrir su coste los fondos del común y aún de los Diezmos, circunstancia que no mediaría si se tratara de que cada particular a su gusto y voluntad se hiciera su distribución en el cementerio».

Cementerio de Santa Bárbara.

En aquel sagrado recinto, que prestó este servicio aproximadamente entre 1813 y 1833, fueron inhumados, entre otros, el ilustrado escritor e investigador del derecho constitucional histórico Juan Sempere y Guarinos, en 1830 en el panteón de su familia; el fecundo versificador Francisco Ganga Ager «El Seráfico», en 1871, después de que escribiera dos bien conocidas décimas para ser colocadas a uno y otro lado de la puerta del cementerio, lo que no tenemos noticia de que se hiciera en aquel recinto que recibió los restos del bohemio poeta, pero sí en el nuevo, inaugurado en 1902, por iniciativa del concejal don Maximiliano Aguado Bernabé. El párroco de Santa Ana, Gonzalo Sempere y Juan, el historiador Lamberto Amat y Sempere, y muchos otros esclarecidos eldenses tuvieron su última morada en aquel pequeño recinto cuya última fachada debió ser muy parecida a la que dibujé hace tiempo, ya totalmente arrasados sus muros y trasladados los restos que los familiares desearon sepultar definitivamente en el nuevo cementerio. Este dibujo estuvo basado en el recuerdo que de su aspecto tenía en la memoria el anciano sacerdote don José María Amat Martínez, cura propio de Santa Ana y gran impulsor y realizador de la reconstrucción de esta iglesia parroquial. Una vez realizado se lo mostré y me manifestó que estaba de acuerdo con lo que el recordaba del antiguo cementerio.

Sus dimensiones eran reducidas, propias de una población de escaso vecindario cuando se construyó. La imaginación se estremece al pensar lo que serían las fechas angustiosas del verano de 1885 con la incesante llegada de cadáveres al cementerio para su inhumación en tan pequeño lugar, en especial en los seis espantosos días entre el 12 y el 17 de julio, en los que se produjeron casi la mitad del total de fallecimientos, con 129 de ellos, en progresión ascendente, dándose el día 12 catorce muertes; el 13, trece; el 15, dieciocho; el 16, veintiséis, y el 17, treinta y nueve, desde cuya fecha fue decayendo el número de fallecimientos hasta la extinción de la epidemia.

El elevado número diario de inhumaciones y la probable escasez de sepultureros, producida por el temor del contagio de la terrible enfermedad hace pensar en que muchas de las víctimas serían enterradas en fosa común, simplemente arrojadas o depositadas en la misma envueltas en algún sudario, por la dificultad de fabricar tantos ataúdes como se necesitaban en aquellas calamitosas fechas.

En cuanto a la identificación de personas fallecidas en estos días, la más clara es la del profesor de instrucción primaria don Rafael Ayala Elull, que falleció el día 18 de julio, a los 44 años de edad, y al cual por sus notables méritos en la enseñanza otorgó el Ayuntamiento eldense su nombre a la calle donde tuvo instalada su escuela. En diciembre de 1922 el alcalde Francisco Alonso propuso se diera el nombre de Maestro Ayala a la calle en la que había tenido establecida su academia y en la presentación de esta petición a la Corporación municipal manifestó que el motivo para ella era el honrar al «…inolvidable maestro, cuyo respetable y grato recuerdo vive en dos generaciones que de él recibieron su instrucción y que constituye buena parte de los nombres de la nuestra, muchos de los cuales han escalado puestos eminentes en las diversas manifestaciones del saber y de la actividad…».

Alta presencia del cólera en las tierras valencianas a finales del s. XIX.

El 25 de julio falleció María Gorgues, de 60 años de edad, que indudablemente era la madre de Francisco Laliga Gorgues, ya que este apellido no lo llevaban en Elda más que los familiares de aquella, por ser ella natural de Mogente. Estaba casada con el alcoyano Rafael Laliga, y se establecieron en Elda, en la calle entonces Prim y hoy de Francisco Laliga, donde poseían una acreditada carnicería. El segundo apellido de la madre de Laliga era Sánchez, que no se da en la relación citada.

Otro nombre conocido es el del padre Tomás Satorres, fraile exclaustrado del antiguo convento de Nuestra Señora de los Ángeles y guardián del abandonado convento hasta su conversión en Hospital Provincial, aquel al que El Seráfico dedicó la tan popularizada quinteta:

Las diez acaban

de dar en el reloj de la torre.

Corre, Seráfico, corre,

a que te dé de almorzar

el padre Tomás Satorres.

Este fraile falleció el día 20 de julio, a los 76 años de edad, habiéndole precedido otro fraile residente en Elda, el padre Máximo Gras, no sabemos si también del convento franciscano de Elda o de otro también cerrado por la disposición de Mendizábal.

También nos llama la atención el nombre del joven Emilio Pérez Pomares, de 23 años, fallecido el día 17 de julio, por ser hermano del inspirado poeta Ricardo Pérez Pomares, director del primer semanario eldense El Bien General (1886-87) y autor de numerosas poesías, publicadas varias de ellas en prensa alicantina y otras inéditas, ya que también falleció muy joven, a los 28 años de edad, conservando sus padres una colección poética de su hijo que, según escribió Lamberto Amat en su artículo biográfico sobre el poeta, pensaban publicar, sin que tengamos noticias de que llegaran a hacerlo. Ricardo Pérez sí que publicó una separata de su poema Un idilio y una elegía, premiado por la Academia Malacitana en 1886 y leído en la Sociedad Literaria de Alicante en el mismo año, separata que fue impresa en Valencia en homenaje a su fallecido hermano menor, cuyo nombre verdadero era Emigdio, aunque en la relación de defunciones se le llama Emilio.

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