Otoño vivo

Acabamos de dejar atrás el otoño, una estación a la que mucha gente no siente especial simpatía, pues la relaciona con la tristeza, la melancolía y con diferentes estados depresivos. Posiblemente consecuencia en gran medida de mirar a esta estación con los mismos ojos que hemos estado viendo a su antecesora, el verano, con su explosión de luz y calidez. Pero cada estación juega su papel esencial en el perfecto funcionamiento del complicado y mágico engranaje de la vida de este bello planeta del que hemos tenido la fortuna de formar parte. Hay que mirar el otoño con ojos otoñales, abiertos a todos los cambios, a veces diminutos,  que se van produciendo en la naturaleza para prepararse para la llegada de la siguiente estación: el invierno, cargada a su vez de sus propios matices.

A partir de mediados de agosto ya van empezando a producirse pequeños acontecimientos que van anunciando la próxima llegada del otoño, aunque para la mayoría de nosotros, inmersos en nuestras vidas cotidianas, pasen desapercibidos. La luz solar va acortando su presencia y se puede apreciar cada vez más que la llegada de la noche se produce antes. También nos puede sorprender algún día con un cielo pintado de nubes, relativamente fresco para las fechas en que nos encontramos y hasta con una tormenta que bañe por unas horas una sedienta tierra. Las aves van terminando su reproducción y los campos se han llenado con esas nuevas generaciones para perpetuar la especie o al menos, para intentarlo. Igual ha ocurrido con cientos de especies de insectos, de vegetales y árboles. Nuevas savias de mamíferos, anfibios, reptiles… La vida ha creado vida durante la primavera y el verano y ahora, el otoño se encargara de distribuirla y regularla para que todo esté equilibrado. Y la prepara para que pueda afrontar con éxito los rigores del invierno.

La vida, activada por esa cada vez más acentuada disminución de radiación solar, empieza a moverse y a modificar hábitos. Las aves, líderes del movimiento, protagonizan al igual que hicieran en primavera, el espectáculo de la migración. Las especies que habíamos recibido en primavera para reproducirse, ahora regresan de nuevo a los lugares de donde habían venido. Su lugar lo ocupan otras especies que descienden de lugares más norteños para evitar sus fríos extremos. Como decía antes, ya a finales de agosto empiezan a pasar por encima de nuestras cabezas las primeras golondrinas que ya se dirigen a los lugares en donde pasaran el invierno, allá por tierras africanas. Cientos, miles, seguirán surcando nuestros cielos durante septiembre y octubre procedentes además de España, de los países del centro y norte de Europa. Y con ellas, un gran número de especies, muchas de las cuáles nos pasaran inadvertidas.

Abejaruco común. “Colores tropicales” Pastel sobre papel Mi-Teintes Fabriano 160 grs. 32,5 cm. x 25 cm. 2009

Abejaruco común. “Colores tropicales” Pastel sobre papel Mi-Teintes Fabriano 160 grs. 32,5 cm. x 25 cm. 2009

Entre las aves que a primeros de septiembre podemos contemplar en su viaje agrupadas en pequeñas bandadas se encuentra el abejaruco común (Merops apiaster) cuyo plumaje, vuelo elegante y canto harán lo posible por llamar nuestra atención. Y es que esta ave llena nuestros campos de color ya que ha capturado entre sus plumas todos los colores del arco iris. En sus desplazamientos, sobrevuela a escasa altura aquellos lugares que les pueden resultar idóneos para capturar insectos al vuelo. También hacen una pausa en cables o arbolado donde se posa para descansar o acicalarse el plumaje, brindándonos la ocasión de poder deleitarnos con el intenso colorido de su plumaje. Y si vuelan a gran altura, su constante reclamo similar a un silbato nos hará levantar la mirada al cielo. Este principio de otoño he podido disfrutar bastantes momentos de la contemplación de esta especie en un cultivo de almendros, viéndolas ir y venir, deslizándose entre los espacios entre árbol y árbol, bañadas por esos primeras luces de la mañana mientras capturan insectos al vuelo, avispas, libélulas y abejas. Estas últimas afanadas en recolectar el néctar de la floración otoñal de especies como el tomillo y el romero. Esos encuentros generaron varios apuntes y  esta pequeña obra, de un joven de este año posado en un almendro, en un suave contraluz matutino.

Petirrojo. “Canto al sol” Óleo sobre tabla. 28 x 21 cm. 2009

Petirrojo. “Canto al sol” Óleo sobre tabla. 28 x 21 cm. 2009

Y mientras el día va dejando más espacio a la noche, las temperaturas van refrescando y las lluvias calman la sed de la tierra y los seres que la habitan, y los abejarucos y otras tantas especies van emprendiendo camino al sur, otras van instalándose en estas latitudes para acompañarnos hasta la próxima primavera, como el simpático petirrojo (Erithacus rubecula) ocupando los parques y jardines de nuestra ciudad y nuestras zonas boscosas. Este pequeño pájaro, de rojo pecho, es muy activo y anda continuamente escudriñando todos los rincones a la búsqueda de los pequeños insectos que se van ocultando en el interior de cualquier fisura que les resguarde del frío y que les sirven de alimento. Es muy territorial y defenderá su pequeña parcela ante otros congéneres. Por el contrario, suele ser más permisivo con nosotros y nos dejara observarlo a cortas distancias. Al principio de su llegada, en septiembre, todavía nos regala con su melodioso canto en los primeros y últimos instantes del día, posado a menudo en una rama prominente dentro de su territorio, como el protagonista de esta pintura.

Colirrojo real. “Entre ramas” Acrílico sobre tabla 28 x 21 cm. 2009

Colirrojo real. “Entre ramas” Acrílico sobre tabla 28 x 21 cm. 2009

Y entre unas especies que se van y otras que vienen, hay otras que no hacen ni una cosa ni otra. Son las que pasan por aquí. No han estado con nosotros durante la primavera y el verano, ni tampoco lo van a hacer en las otras dos estaciones. Sencillamente nos encontramos en su ruta de viaje y con un poco de suerte, algunas de ellas pasarán con nosotros algunos días o semanas, como es el caso del colirrojo real (Phoenicurus phoenicurus) que si encuentra un buen alojamiento que le dispense agua, alimento y cobijo, podrá pasar varias semanas con nosotros para acumular grasa y reponer fuerzas antes de continuar con su viaje. Si tenemos suerte, además, podemos llevar la grata sorpresa de toparnos con alguna especie de esas consideradas raras, que es difícil o casi imposible ver por nuestras latitudes pero que por alguna razón pueden hacerlo ya que se tratan de especies con movimientos erráticos o por el contrario, alguna incidencia meteorológica les desvía de su ruta habitual.

Caqui. “Los colores del caqui” Pastel sobre tabla, 28 x 21 cm. 2009

Caqui. “Los colores del caqui” Pastel sobre tabla, 28 x 21 cm. 2009

Pero no sólo el otoño nos entretiene con las aves viajeras. Sus amaneceres y atardeceres son espectaculares, con días magníficos en que desparraman sobre el firmamento su paleta de colores combinando amarillos y magentas con el azul del lienzo, jugando con las formas y volúmenes de las nubes para conseguir verdaderas obras de arte que ya quisiera para si un aprendiz de pintor como yo. Es época también de setas y esto lo saben muy bien los amantes de estos manjares. Es posible también ver reproducirse en esta época a seres como los caracoles. Las plantas preparan frutos cargados de energía, tan necesaria para el invierno, como bellotas, castañas, nueces, zarzamoras… las tormentas otoñales nos demuestran la fuerza de la naturaleza y nuestra fragilidad ante ella a pesar de que la dominamos, o al menos nos empeñamos en ello en nuestra obcecación de enfrentarnos a todo lo que nos rodea, externos a todo, cuando formamos parte de este engranaje que es la vida. Asistimos al fenómeno por excelencia que identifica al otoño: la caída de las hojas de los árboles. En efecto, muchas especies de árboles, para ahorrar energías dejan de producir clorofila con lo que las hojas dejan de ser útiles, siendo desprendidas. Nos ofrecen entonces estas hojas un verdadero espectáculo de colores amarillos, ocres y rojizos. Lamentablemente en nuestras latitudes este espectáculo se reserva a pequeñas manchas en el paisaje, pues la mayoría de especies que cubren la mayor extensión de terreno son de hoja perenne. Las hojas caídas, como todo en la naturaleza, no son desperdiciadas y con una humedad adecuada, se irán descomponiendo alimentando al suelo que a su vez volverá a alimentar  a ese árbol.

Triguero. Apunte de campo. Grafito sobre papel 2009

Triguero. Apunte de campo. Grafito sobre papel 2009

El otoño nos irá acostumbrando al cambio de temperaturas entre el verano y el invierno, con lo que nos encontraremos con días soleados con otros no tanto. Días lluviosos con otros en el que el viento será el protagonista. Otros el cielo se nos presentará cubierto por un tupido manto de nubes que velara la luz solar, apagando los colores, dejando el paisaje casi en escala de grises, como esas fotografías antiguas pero que nos permitirá percibir las diferentes formas sin sombras bruscas que oculten partes de ese paisaje. Y nos encontraremos con días de esos que nos anuncian la inminente llegada del invierno, con nubes de mágicas formas, en toda la gama de grises imaginables, en ocasiones con entonaciones azuladas o moradas, desplazándose a gran velocidad por un fresco viento que se desliza por nuestro rostro y que activa todo nuestro cuerpo. Las ramas de almendros se doblaran cediendo a su empuje y soltaran las hojas que todavía retenían. Las briznas de hierbas y matojos harán lo propio y nos dibujaran la dirección del viento. Unas diminutas y escasas gotas de agua nos indicarán que es posible que llueva hoy. Y desafiando a todos estos elementos, es posible que nos tropecemos con un pequeño grupo de trigueros (Miliaria calandra),  posados en una de esas desnudas ramas de almendro, acurrucados en sí mismos, con el plumaje hinchado, formando una bola para aislar sus cuerpecillos del frío, movidos a merced del viento pero, tranquilos, impasibles… disfrutando de un día de otoño, de un otoño vivo, lleno de cambios, colores y matices y que les anuncia que se preparen que el invierno está próximo y deberán estar preparados si quieren sobrevivir y ver una nueva primavera, que activara de nuevo su impulso irrefrenable a poner en marcha todos aquellos mecanismos que sirvan para la continuidad de su especie, participando del conjunto de la vida.

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8 respuestas a “Otoño vivo”

  1. Efectivamente, con esas manos no es necesario andarse con “zarandajas” de diafragma, velocidad, profundidad de campo etc. etc.Me deprimo al comparar estos dibujos con mis fotos. Eres genial.
    Felices Navidades. Un saludo afectuoso.

  2. Un gran trabajo,de alta calidad. Por otra parte muy escaso(en el sentido de que pocos artistas dibujan con esa alta definición nuestros “pardalets”.)
    Feliz Navidad Lluis

  3. Los dibujos y el texto.
    Magnifico texto, has descrito con gran sensibilidad,lo que otros observamos y no sabemos expresar, al margen del gran conocimiento que sobre nuestro entorno tienes.
    La misma sensibilidad y maestria para tus dibujos y pinturas.
    Un lujo “otoñal” para esta página.
    !Bon Nadal Lluis¡

  4. Una obra magistral donde se refleja el gran amor que sientes por la naturaleza y con un texto a la misma altura, esperamos poder contemplarla en directo. Enhorabuena

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