Oficios perdidos: Los peones camineros, los primeros vigilantes y conservadores de la carretera

*Reportaje extraído de la revista “Alborada 2005:Sanidad en Elda”.

 

Peón caminero, peón caminero,¿cuántos años lleva usted remendando este camino?»

Gabriel Miro, Años y leguas.

 

Cuando viajamos por carretera a lo largo de nuestra geografía, tal vez nos habremos fijado en unas pintorescas construcciones. Son las casillas de los peones camineros que con su clásico rótulo, destartaladas y arruinadas se encuentran junto al camino de asfalto. No existe carretera donde no aparezca alguno de estos curiosos edificios, que ya forman parte del paisaje y que hasta hace bien poco existían en las cercanías de Elda. Sobre ellas y sus moradores, los peones camineros, trataremos en este trabajo.

Desde la más remota Antigüedad, siempre han existido vías de comunicación entre villas y ciudades. Los más sencillos eran los senderos, los caminos de herradura (para un solo animal) y los caminos de carretero (de carruaje, carretera). Los más importantes y hasta cierto punto mejor cuidado serán los caminos reales, también denominados arrecifes (uno de los cuales pasaba por Elda). Estos últimos soportaban gran tránsito diario (viajeros, comerciantes, arrieros, diligencias, galeras…). El paso de ganado y los elementos atmosféricos los deterioraban enormemente. Los accidentes del terreno eran, en muchos casos, salvados por puentes, que de vez en cuando eran destruidos por riadas y avenidas de agua. Por si fuera poco, los bandoleros hacían que el viajar fuera una actividad muy peligrosa (el estrecho de Salinetas era un nido de bandidos). Hasta la segunda mitad del siglo XVII el estado de todos los caminos era lamentable.

El clásico rótulo que aparece en todas las cabeceras.

Una disposición valenciana del 6 de enero de 1653 ya indicaba que los propietarios de los terrenos por donde pasaba el camino real eran responsables de su mantenimiento. Dicha orden hacía hincapié en que los citados propietarios debían cuidar que los ribazos al desmoronarse no taparan el camino y que las acequias no se saliesen y embarrasen la vía de tránsito. Con la llegada de la Ilustración se consigue que en 1785 apareciese una Instrucción de Caminos que ordenaba, entre otras cosas, la participación de todos los vecinos en el arreglo y mantenimiento de los caminos. La real orden del 12 de junio de 1799 crea la Inspección General de Caminos, y, años más tarde, en 1849, ve la luz la nueva ley y el reglamento que delimita las zonas a las que se aplicará la servidumbre de travesía.

La situación mejorará notablemente durante el reinado de Isabel II. En 1852,una circular de la Dirección General dispondrá que se proceda a la construcción, ubicación y diseño de las primeras casillas de peones camineros, y será definitivamente en 1867 cuando aparezca el nuevo reglamento que regulará la figura de este trabajador, «que debía encargarse de mantener en buen uso los caminos del tramo que se le encomendaba todos los días del año desde la salida a la puesta de sol, y denunciar a aquellos transeúntes que causaran daños en las carreteras». Los peones además de reparadores y mantenedores, eran una especie de policía de tráfico. En 1909, por una real orden se modifica el reglamento y se crea la figura del peón capataz y de las cuadrillas de peones, que serán supervisadas por un ingeniero jefe. Ya por último, en 1914 se vuelve a modificar el reglamento y se regula la profesión. Se realizan convocatorias a plazas en cada capital de provincia. Para ser peón caminero había que tener más de veintitrés años y menos de cuarenta, servicio militar cumplido, no tener defecto físico, medir como mínimo 1,62 metros de estatura, acreditar buena conducta y, por último, sufrir un examen práctico ante un tribunal compuesto por el ingeniero-jefe de la provincia, un ingeniero y un ayudante. Dicha prueba constaba de: lectura, escritura, las cuatro reglas aritméticas, formar y totalizar una listilla de jornales y materiales, conocer el reglamento de circulación de automóviles, policía y conservación de carreteras. También había que saber formular una denuncia, efectuar y consolidar un bacheo y perfilar un trozo de paseo y cuneta. Para llegar a ser peón capataz había que ser peón caminero un mínimo de cuatro años.

La casilla de Petrer, junto a la Nacional 330, derribada recientemente por el Ayuntamiento de la vecina población.

 

Esta profesión era muy dura, el jornal no daba para mucho, teniendo que soportar intensas caminatas, entre 15 y 30 kilómetros. Se utilizaban carros con mulos para transportar los materiales. Los bacheos se realizaban tanto si hacía calor en verano, como si nevaba en invierno. Este trabajador recibía una casilla donde vivir con su familia. Muchas veces llegarían a morar dos familias en una de estas construcciones.

Las casillas que todavía vemos en nuestras carreteras eran muy similares entre sí, siguiendo un mismo modelo, muchas son verdaderamente artísticas, plasmando la arquitectura rural del siglo XIX. De planta rectangular y tejado a dos aguas, con dos chimeneas. Al acceder a ellas aparece primero un sencillo salón comedor con un hogar y dos pequeñas alacenas. A continuación unos dormitorios que podían variar entre dos y cuatro. Contaban con un patio interior con leñero, retrete, cuadras y corrales. También tenían un aljibe de agua de lluvia y un horno de pan cocer. Para poder subsistir del escaso sueldo se mantenía una pequeña huerta y se solían criar animales (en un principio estaban prohibidos los conejos, pero no las gallinas, cerdos y borricos). La otro mitad de la casilla era ocupada por el almacén de materiales y las herramientas de trabajo, así como de una pequeña oficinilla.

Distancias kilométricas indicadas en la pared de la casilla de la carretera Pinoso-Fortuna.

 

Curiosamente todas las casas que he visitado tenían plantadas chumberas alrededor. El peón era responsable del cuidado y mantenimiento de la casilla, debiendo reponer los cristales de las ventanas y los pequeños herrajes. Estaba obligado a blanquear sus paredes interiores y salvo contadas ocasiones, nunca podía abandonar su casilla sin causa justificada. A ambos lados del edificio, sobre la pared aparecían las distancias kilométricas a la ciudad o pueblo mas cercano y a la capital de provincia o de la nación. Con la mejora de la vida, las casillas comenzaron a abandonarse en los años 60 del pasado siglo para convertirse en almacenes de materiales. Los peones se marcharon a vivir a los pueblos cercanos.

Como he citado anteriormente, era una profesión dura y peligrosa. Los accidentes eran muy comunes y hasta bien entrado el siglo XX no se logró aplicar la Ley de Accidentes de Trabajo.

Las viudas y los huérfanos no disfrutaban de los derechos pasivos, únicamentede dos mesadas de supervivencia. El desamparo era total.

En las cercanías de Elda se encontraban dos casillas de peones. Una estaría localizada, según me han indicado, en el Reventón (Salinetas de Elda), poco antes de llegar al nacimiento de agua salada, frente a la actual estación eléctrica. No queda rastro de ella, ya que fue derribada en los años 60 de dicho siglo cuando se amplió la carretera. La otra casilla estaba situada en termino municipal de Petrer, junto a su cementerio. Se encontraba en muy buen estado de conservación, hasta que un mal día del pasado año fue derruida sin ninguna consideración por el Ayuntamiento petrerense para ampliar una confusa avenida, fruto de la fiebre urbanística que nos invade. Existen otras más en carreteras cercanas: en la de Monóvar-Novelda hay una muy bien conservada, utilizada probablemente como vivienda secundaria. Otras en estado ruinoso, prontas a desaparecer, como la situada cerca de la estación FF.CC. de Novelda.

Casilla de la carretera Pinoso-Fortuna.

 

Rara es la carretera que no cuenta con alguna en estado lamentable. En la carretera de Pinoso a Fortuna he podido visitar una casilla que, abandonada, se encuentra en muy buen estado de conservación, que todavía mantiene intactas las dos chimeneas en forma de pináculo. Creo sinceramente que muchas de estas casas podrían salvarse y, como comenta Guillermo López Pérez Marín, en un artículo del diario Información, de Alicante, deberían ser utilizadas con fines turísticos o comerciales. Tengo conocimiento de que el gobierno autonómico de Andalucía está restaurando algunas de ellas, utilizándolas como hotelitos o casas rurales. Como caso ilustrativo e insólito, comentaré que en la carretera de Benidorm a Guadalest existe una casilla de peones camineros que ha sido salvada y reconstruida, quedando incluida dentro de una rotonda, siendo usada, según creo, como oficina de turismo. ¡Ojalá cundiese este ejemplo para todas las edificaciones históricas o artísticas!, y ¡ojalá nuestros gobernantes fueran más sensibles y consecuentes con la herencia cultural que nos legaron nuestros antepasados!

BIBLIOGRAFÍA

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NAVARRO VERA, J. R, Carreteras y territorio: la provincia de Alicante en la segunda mitad del siglo XIX. Alicante, Instituto Alicantino de Cultura«Juan Gil- Albert», 1994.

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