Restos de un mundo subterráneo del siglo XIX

*Nota: Artículo publicado originalmente en la revista Petrer Mensual nº 56 – agosto de 2005

Siempre sonriendo, siempre animados. Se dan un empujón con el hombro, medio de ánimo, medio de complicidad, como hacen los niños antes de jugar un partido. Luego cambian el gesto, y serios, pero relajados, comprueban y revisan una vez más el equipo –ah, siempre profesionales-. Me dan ganas de relatarlo como si del tráiler de una película de acción se tratase: “¡Contengan la respiración: son ellos, han vuelto! ¡No hay rincón oscuro que se les resista! ¿Qué aventuras les aguardan en esta ocasión?”

Detalles de las formaciones cristalizadas.

En fin, bromas aparte, lo cierto es que bajo el sol de justicia del lunes 13 de julio, Javier Martínez Orgilés y Antonio Guill Candelas, hábiles espeleólogos, se disponen a entrar en la mina de azufre de Catí, continuando así con los trabajos de campo que estamos realizando desde esta publicación, tratando de aportar datos actuales que puedan ofrecer visiones nuevas en la interpretación de los archivos documentales de antiguas e importantes realidades del pueblo, como lo eran las minas de agua de Puça o las minas de azufre que en este caso nos ocupan.

Un artículo de El Carrer de 1.984 (“El otro Catí”) dedicaba más de la mitad de su extensión y un pequeño mapa para situar las minas al lector (el propio Héctor Navarro, autor del artículo, prometía entrar “sino le traiciona la claustrofobia” —¡jaja!— no entró). Tratando de ser un poco más breves, la localización exacta es la siguiente: desde el collado de acceso al Calafate (collado Amorós), hemos de bajar por la Solana Matá hasta las“Casas del Sofre” (a la izquierda del camino). Desde aquí hemos de coger el primer barranco al este, ascendiendo un poco para llegar, tras unos cuatrocientos metros, a la mina. La entrada original está tapada con un tabique de yeso, que apenas tiene un agujero de 40 cm. por el que asomar la vista. La mina se descubre más en dos montañas azuladas de desechos unos metros delante. Desde este punto a las dos grandes “solsías” (grandes hundimientos del terreno de 20 metros de diámetro y 9 de profundidad, con aspecto de dolina conquense) hay un desnivel de unos treinta metros, a una distancia de ciento cincuenta metros. Apenas diez metros más arriba encontramos el respiradero por el que íbamos a entrar (el final de la mina). Quizás se sitúen mejor si les digo que desde este respiradero la vista abarca y domina todo el valle del Calafate, teniendo enfrente la casa derruida de la mina del Calafate, a la izquierda la casa de Cancio y más a la izquierda la casa de la Ferrería.

Aunque la experiencia de las minas de agua de Puça fue un éxito, en este caso era incluso quizás más significativo y revelador este descenso -literalmente- al pasado, porque hay muy poca información sobre las minas de azufre. Aunque la importancia de las mismas fue innegable (alcanzaron fama nacional a finales del siglo XIX), no existen estudios sobre las características de la mina, su extensión, profundidad, personal, etc.

De ellas nos habla un legado oral, que se transmite de padres a hijos y que a cada generación se hace más incompleto e impreciso. Lo poco que hay publicado expone que la piedra de azufre, utilizada para fabricar pólvora y para la agricultura, era parcialmente tratada y purificada en un molino de la zona (del que todavía quedan restos, concretamente una obertura circular muy curiosa) y era trasladado en carruajes o directamente a lomos de caballo hasta el puerto de Alicante, por rutas que incluían L’Alaig, L’Estret d’Agost, SanVicente de Raspeig y la propia–claro está- capital de provincia. Posiblemente unas deficientes comunicaciones la hicieron desvincularse en la práctica del centro neurálgico del pueblo. Las minas se clausuraron a principios del siglo XX, cuando comenzó a escasear el citado elemento amarillo de característico olor. Nos consta que Mari Carmen Rico, cronista oficial del pueblo, está trabajando en una monografía sobre el tema, basándose, principalmente,en los archivos municipales del ayuntamiento, que debieron ser abundantes. Seguro que aporta luz sobre el tema.

Una inversión de la clásica imagen del pozo. Así verían el cielo aquellos mineros.

 

Pero estábamos en la obertura del respiradero, una especie de chimenea circular que se adentra en la tierra, con Antonio y Javier a punto de descender en bajada libre (treinta y ocho metros exactos). La propia obertura, con una especie de dintel, y los primeros metros eran de piedra obrada, pero pronto el hondo pozo era ya de tacto arenoso y poco fiable: “a mitad del descenso ya lo juzgué peligroso”, confiesa Javier, “porque era todo tierra blanda, arcillosa, que se desprendía con gran facilidad, apenas la rozabas”. El ambiente se enrarecía a cada metro que se internaba en la oscuridad, algo previsible, “¿pero tanto? El aire era casi irrespirable, estaba más cargado que en ninguna cueva anterior que haya entrado”. Pero lo peor todavía estaba por llegar, cuando Antonio comenzó a dejarse tragar por la tierra. La tierra y piedras que se desprendían de sus movimientos eran auténticos“obuses” cuando pasaban cerca suya: “hacían un zumbido de película bélica: allí no había ninguna corriente ni ventilación, podía notar como se rasgaba la capa de oxígeno que allí se había contenido, como estancado”.

En los tres metros últimos de descenso le sorprendió una especie de bóveda, que hacía el pozo más estrecho al principio que al final (algo bastante inusual). Nuestros protagonistas tocaron suelo instantes después de alcanzar el ensanche, sólo para reafirmarse en esa sensación de angustia que provoca el hecho de saber que tienes encima cuarenta metros de frágiles capas superpuestas de arcilla.“Aunque en un principio el aspecto era parecido a las galerías de las minas de agua de Puça, es decir, una mina de dos metros de alto por un poco más de medio metro de ancho, lo fangoso del suelo y las paredes y lo fácil que se desprendía, todo nos daba malas vibraciones”. Además se toparon con un saco atado con una soga de esparto, que sospechan que contenía algún tipo de animal, pero que no abrieron por puro y simple “¿cómo lo dicen ahora? Mal rollo”. No obstante, ya estaban dentro y cuando estás dentro “sólo puedes avanzar”.

Antonio en el interior de la mina de azufre, observando las formaciones cristalizadas.

 

Desmontando cien años de soledad

Anduvieron seis metros en dirección este, hacia las “solsías”(desprendimientos), hasta que una pequeña cuesta, de metro y medio, formada por arena y tierra desprendida (¡huy, huy!), les hizo echar el cuerpo a tierra para superarla. Tras ella, y con los pies ya en tierra, sus linternas hacían saltar espectaculares reflejos de unas formaciones cristalizadas en forma de aguja que otorgaban un aire espectral y fantasmagórico a la galería. Cuando acercaban la mano para tocarlas “se deshacían”, por lo que no se pudo extraer una muestra para analizarla (posiblemente se trate de yeso en proceso de cristalización), aunque sí dejar constancia fotográfica. Avanzaron por aquel ambiente unos metros, pisando un fango cada vez más líquido y murcielaguina (guano de murciélagos), hasta que llegaron a una zona ligeramente hundida, con agua. A la sorpresa inicial le siguió rápidamente un decidido paso al frente. Avanzaron por esta agua sucia y densa, de tacto terroso, que les llegaba por encima de las rodillas unos metros más, hasta llegar a una obertura muy estrecha y “muy poco fiable”. Aquello era el fin de aquel camino. A la derecha había otra excavación, que también recorrieron en sus cuatro metros de longitud, hasta llegar a otra de esas frágiles paredes de arcilla. En ésta había un clavo, que Javier no dudó en coger: “me sorprendió el clavo, era lo único dela época que quedaba”.

En efecto, ya al principio les sorprendió el hecho de que no hubieran piedras en el suelo dela obertura (cuando hay un pozo abierto tantos años, las personas–ya saben- suelen lanzar piedras) y lo extraordinariamente cargado del ambiente. Las formaciones que se deshacían y aquel oxidado clavo acrecentaban la sensación de ver lo que nadie ha visto hace un siglo, redescubrir galerías en las que nadie vivo ha estado ni ningún libro describe.“Esas cosas las piensas cuando ya estás subiendo”, ríe Javier. Esa satisfacción de acabar un buen día con cien años de soledad, de viajar por el tiempo con una cuerda y un casco luminoso.

Recapitulando

Javier sabe la importancia de los recuerdos frescos, y ya recapitulaba todavía sudoroso: “he recorrido veinte metros, en dirección este, hasta que el terreno se hace impracticable. A la derecha hay otra galería, aunque se derrumba apenas a los cuatro metros”. Por lo tanto, podemos afirmar, casi con total seguridad, que esta galería era la parte final de las minas de azufre (esta sección también debe ser la más reciente), curiosamente todo lo que queda hoy. No se debió insistir mucho cuando se constató que el azufre escaseaba, porque,todavía imaginando el escenario con vida y actividad, Javier no duda que “las condiciones de trabajo debieron ser bastante penosas, no creo que se llegara a acondicionar debidamente en ningún momento”.A la espera del citado trabajo de Mari Carmen sobre las minas de azufre, nos despedimos con un “hasta pronto”(ya saben, nuevas aventuras en las próximas publicaciones),aunque no sin antes pedir a la Diputación (propietaria del terreno) un esfuerzo de protección (al menos de señalización, el pozo es muy peligroso) y de investigación de la historia de las minas.

4 thoughts on “Restos de un mundo subterráneo del siglo XIX”

  1. Es difícil describir la emoción que transmitís en muchas de las publicaciones que nos ofrecéis, en este caso aun mas por los recuerdos tan intensos como supuso la bajada a la mina de azufre por parte del «Equipo A». Para hacernos una idea diremos que treinta y ocho metros es como un edificio de quince plantas es decir agujero no apto para todos los públicos pero que gracias al equipo de Petrer al día hoy podemos introducirnos desde nuestras casas sin riesgo alguno.
    Gracias, sois los mejores!!!

  2. Curioso reportaje que nos dá a conocer un poco más de la historia de nuestro entorno.
    Gracias por recuperar este tipo de artículos.
    Saludos.

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