Una noche de verano

Ismael fue el ganador del primer Gran Hermano. La final fue en julio de 2000, un acontecimiento social de la época. Carla y Cristina, de 18 años, la vieron en el apartamento de San Juan de esta última. Cuando acabó el programa se arreglaron y se fueron al No-b no-b, donde habían quedado con el novio de Cristina y sus amigos.

Al entrar vieron que los chicos aún no habían llegado. Pidieron. Carla tomó, para variar, un Licor 43 con piña, y Cristina bebió su Mentireta. Al poco aparecieron ellos. Saludaron a todos con dos besos. Javi les presentó a un amigo suyo de Barcelona que había venido de vacaciones, Quique-Charlton (por Charlton Heston. Los colegas hacían la coña con lo del Informal de ‘bueno, bueno, bueno, culebras’) No era muy alto, buen cuerpo, cara simpática y pinta de canalla. A Carla le atrajo enseguida, porque no le conocía, y por la cicatriz del cuello. Ella llevaba el pelo largo de color caoba. Tampoco era muy alta, ni tenía un cuerpo que quitara el hipo, pero transmitía fuerza y pasión y, sobre todo, buenas vibraciones. Estrenaba un vestido blanco de tirantes, ajustado y corto, que resaltaba con unas sandalias vaqueras de cuña; estaba guapa. Los dos hicieron buenas migas.

La noche transcurría como cualquier otra noche de verano. Del No-b no-b se fueron al Eclipse, que estaba cerca, al lado de la playa. Pachangueo y gitaneo para bailar. Entre risas y bromas Quique y Carla se fueron acercando. A él le apeteció otro cubata. Le preguntó a Carla si le acompañaba a pedir a la barra. ‘Vamos’, dijo ella, intuyendo que algo iba a pasar. Y, por supuesto, pasó.

Hablaron bastante rato. Carla no dejaba de pensar si hacía bien o no. No era su estilo enrollarse con un chico a las pocas horas de conocerle. En realidad no tenía estilo con los chicos, sus experiencias eran escasas, y no muy intensas. Pero deseaba que no fuera así, de rollos de una noche. Sin embargo, también tenía ganas de hacer una locura, de hacerse mayor. Y quería que dejaran de hablar y la besara de una vez, porque parecía que no lo iba a hacer nunca. Sonó ‘por la raja de tu falda’ de los Estopa. A Carla le gustaban mucho y Quique le contó que los había visto actuar. Empezaron a tararear la canción, se cogieron para bailar. Él la agarró de la cintura unos segundos, porque, para sorpresa grata de ella, inmediatamente posó las manos en su culo y metió la lengua dentro de su boca, mientras ella se dejaba caer en su cuello. Desde la otra esquina del bar, los amigos miraban partiéndose, y Cristina no daba crédito, pero se alegraba por su amiga.

‘Vamos con éstos, anda’, dijo Carla. Y volvieron cogidos de la mano. Aguantaron las miradas y sonrisas con naturalidad. Él se encendió un cigarrillo y le dio una calada, apenas soltar el humo la besó. ‘¡Qué asco, por favor!’, pensó ella (que no fumaba), haciendo un verdadero esfuerzo por no vomitar. Luego ya le supo mejor, se acostumbró al humo y al olor, y tampoco él la volvió a besar tan seguido tras una calada. Quique no tardó en proponerle irse a la playa a tomar el fresco. Carla se lo dijo a su amiga y le pidió que la esperara antes de marcharse a casa, donde se quedaba a dormir, aunque no había que pedirlo. Cristina le deseó buena suerte.

Cruzaron y caminaron hasta la playa. De camino Carla se enteró de que Quique se iba para Barcelona al día siguiente. Eso la frenó, pero de perdidos al río, ya había dado el paso y le había besado, así que decidió no pensar y disfrutar de la noche.

Se echaron directamente sobre la arena. Se besaron, se acariciaron, un poco nerviosos. Él le levantó un poco el vestido y le tocó suavemente, como con miedo, las nalgas. Ella se puso tensa. Despacio siguieron con el magreo, rodando por la arena, haciendo lo que llaman ‘la croqueta’. Pero no pasaron a mayores. Ella no estaba preparada, no era el momento, y él tampoco quiso insistir. Ninguno era un experto en el sexo y fue como una clase de entrenamiento. Entre arrumacos hablaron de todo y de nada. Se hicieron preguntas tontas, para conocerse. Como si el león dorado que llevaba Quique al cuello era porque su signo era leo, que resultó ser así. De canalla pasó a hortera macarrita, pero a Carla le molaba no sabía muy bien por qué, quizás porque en el fondo ella tenía vena calorra, no lo podía remediar. A todo esto, la chica volvió a fijarse en la cicatriz, pero esta vez no se atrevió a preguntar, sólo le dio un ‘petó’, a lo que él sonrió. Continuaron hablando un rato más, y vieron que era hora de regresar. Intentaron recomponerse un poco, sobre todo ella. Llevaban arena hasta en el carné de identidad, literalmente, porque los granos se habían colado en el pequeño bolso vaquero de Carla. Algo que dio para numerosas coñas después con sus amigos.

Se despidieron con prisas en la puerta de Eclipse. Carla y Cristina fueron al bungalow. En el espejo del baño, Carla se percató de que le había hecho un chupetón en el cuello. No le molestó en absoluto. Mientras repasaba todo lo que había sucedido, la noche le pareció mejor de lo que había sido en tiempo real, casi le gustó más y lo pasó mejor al recordarla que viviéndola.

Carla se enteró más tarde por Javi que, por esas prisas del momento, Quique no cayó en pedirle el móvil y le hubiera gustado mucho hacerlo para poder llamarla. Javi tampoco se lo pudo dar porque no lo tenía guardado. ‘Mejor así’, pensó con cierta resignación la joven, porque sabía que la historia no iba a llegar a ningún lado y prefería dejarla así, tal cual, y guardarla con cariño en sus recuerdos.

 

 

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