No me quitaré el sombrero antes

Post2PDF   Por Lidia Molina en Historias para ir a la cama

‘Mira ese chico, es mono, ¿eh?’, dijo Carol a Noelia señalando al fondo del pub. ‘¿Te mola? ‘Ja, ja, ja (risita tonta)’. ‘¿Quién es el que te gusta?’ Pedro, que en el fondo era más marujón que todas sus amigas y su novia juntas, se había metido en la conversación. ‘Ése’, y Carol volvió a señalar a un cachas, con los labios gruesos, sonrisa permanente y las puntas de su pelo castaño engominadas a lo pijo-bakala. ‘¿Quieres que te lo traiga?’ Más risas. ‘¿Estás tonto? Nooooo, ya le traeré yo solita si quiero.

Carol siguió disfrutando con sus amigos de esa noche de fiesta, a lo suyo, pero con el rabillo del ojo no perdía de vista al moreno buscando que sus miradas se cruzaran. Lo hicieron, y él vino. Hablaron de lo que se habla en estos casos, que cómo te llamas, de dónde eres, a qué te dedicas… Él se llamaba Aarón, era ‘de aquí, bueno, de la pedanía de La Albatalía (no hacía falta que lo jurara, aunque tenía estilo, sus ademanes y su actitud sacaban a la luz su perullez, ésa que a Carol le repelía, pero que en pequeñas dosis le atraía irresistiblemente) y trabajaba de informático en Murcia, aunque su empresa tenía la sede en Elche. Carol le contó que vivía en Alicante, aunque era de Murcia y allí había estudiado la carrera y venía bastante a ver a sus amigos. Era abogada.

Estaban a gusto y charlaron durante bastante rato, tanto que los amigos de Carol decidieron irse a casa. ‘A ver, enséñame el carné de identidad’, le dijo en broma Pedro a Aarón. Él le siguió la gracia y se lo mostró. ‘Me fío, además tiene cara de buen tío’, aprobó Pedro. ‘Pues claro’, contestó divertido el otro. ‘Te dejo las llaves de casa, pero que te lleve’. ‘¿Qué dices? Me voy con vosotros’. ‘Tú te quedas aquí con… -miró el carné- Aarón, ¿verdad?’. Se rieron los tres. ‘Y no hay más que hablar’. ‘¿Seguro que no te importa?’ ‘Que noooo, pasadlo bien. Y tú, tratáme bien a la rubia, que es como mi hermana’. Lo decía sonriendo, pero su más de metro ochenta y noventa kilos hablaban en serio.

Carol y Aarón se quedaron en el pub. Estuvieron charlando un rato más, aunque los temas subieron algo de tono, a lo que Carol acompañaba con coqueteos, jugando con los adornos de su camiseta y él le respondía arrimándose a ella. En uno de esos acercamientos se besaron, moviendo sus lenguas animales, y sus manos, reconociendo por encima sus cuerpos.

Estuvieron cerca de una hora enrollándose y se fueron. Ella tenía que coger su coche, que había dejado en San Antón y él la acercó en el suyo. Cuando llegaron, él le preguntó con toda la intención si aparcaba. ‘No, una señorita nunca da esas confianzas la primera noche’, respondió con descaro Carol, saliendo digna del vehículo, pero regalándole una sonrisa picarona.

Carol había decidido tomárselo con calma. Estaba de vuelta ya de muchas cosas y tenía muy claro que ella no iba a poner esta vez toda la carne en el asador, se lo tendría que currar, para que ella diera, esta vez tendría que recibir primero, y bastante. Y no recibía suficiente. Aarón tuvo un par de detalles que no le gustaron nada y una mezcla a partes iguales de apatía y orgullo hizo que se planteara pasar de la historia y dejar de verlo. Sin embargo, como si el chico lo hubiera intuido, supo compensar en parte sus desafortunados gestos. Y eso llenó de dudas a Carol. Estaba como en punto muerto, tenía que saber si iba hacia delante o reculaba. Por eso, el fin de semana le serviría de termómetro para medir la qué temperatura se encontraban su interés y sus ganas.

Lo había preparado con esmero: reserva de habitación en un hotel de cuatro estrellas del centro de la ciudad que habían inaugurado hacía poco; le había comprado un jersey casual de los que le gustaban como sorpresa y había reservado para comer un arroz el domingo en un restaurante de El Campello, a orillas del mar; y, por supuesto, había escogido cuidadosamente sus conjuntos de ropa interior.

Quedaron a última hora de la tarde a la entrada de la autovía, en la rotonda de San Gabriel. Eran vísperas de Navidad, hacía frío y la chica notó como se le erizaban los pezones. Se dieron un pico largo y lo primero que hizo él fue sacar del maletero el regalo que traía para Carol, un superpeluche. Había ganado un tanto.

Llegaron al hotel, que estaba en una paralela al Corte Inglés. En la habitación, muy amplia, abundaban los tonos blancos y fríos. Era nueva, decorada con un gusto exquisito y contaba con numerosas comodidades, y estaba caldeada por la calefacción, pero le faltaba algo… no era acogedora, no era cálida. Se sentaron en la cama. Hablaron y poco a poco encontraron la fórmula para hacer saltar de nuevo la química entre los dos y que el experimento subiera la temperatura del cuarto. Varias confesiones inesperadas y divertidas, salpicadas de coqueteos y arrumacos y algún que otro piropo bastaron para que se tumbaran y comenzaran a desnudarse. Era pura ciencia, y es que lo que saltaba a primera vista y no necesitaba de ningún respaldo empírico era que los dos tenían ganas de sexo.

Aarón la besaba por el cuello despacio al tiempo que le desabrochaba el sujetador para centrarse en sus pechos, grandes y firmes, que acarició y manoseó, que besó y lamió. Carol le acariciaba suavemente la espalda y se perdía en su torso hasta encontrar su polla erecta. Entre los dos, jugando, la enfundaron en un condón. La frotó fuerte, mientras él apretaba sus muslos deslizando sus manos por ellos hasta las ingles para llegar a la vulva e introducirle dos de sus dedos y notar la humedad. Ella, gimiendo, se puso sobre él, cabalgando a lo amazona; él, que estaba tumbado en plan relax con las manos debajo de la cabeza, jadeaba, se deleitaba con su roce y disfrutaba cómodamente del momento. Simplemente se dejaba llevar hasta el orgasmo. Repitieron y, aunque Carol también lo había pasado bien, ni física ni interiormente había sentido lo que tenía que sentir. Él sólo parecía interesado en su propio goce, sin importarle cómo estaba ella. Aquello la molestó, pero no supo por qué, no quiso amargarse y siguió adelante con la noche, pensando que la segunda parte sería mejor.

Se vistieron para irse a cenar. Carol se puso una minifalda vaquera y su mejor sonrisa para avivar la llama. Fueron a un italiano cerca del Puerto, donde charlaron y retomaron sus confidencias. Después pasaron por el Barrio. Tras tomarse una cerveza en un irlandés, entraron en un pub de música española donde bebieron, bailaron y se besaron.

No era muy tarde cuando regresaron al hotel. Ella se puso el pijama, uno negro de Betty Boop, y él se quedó en calzoncillos. Ya metidos los dos en la cama, empezaron a tontear. ‘¡Uff!, cómo me duele la espalda. Me podrías dar un masaje… ‘A ver, date la vuelta. ¿Dónde te duele?’, preguntó solícita Carol, colocándose sentada encima de su culo. ‘Toda, desde el cuello a la rabadilla’, contestó él, señalando con el índice de arriba abajo la columna vertebral. La chica fue relajando los músculos de su espalda a la vez que tensaba su pene. Aarón tardó poco en darse la vuelta y pasar del masaje al magreo. Follaron otras dos veces más. Y a Carol le volvió a quedar el mismo regusto agridulce. A aquello le faltaba lo mismo que a la habitación.

Cuando se despidieron el domingo quedaron en verse a la semana siguiente en Murcia, ya que ella iba a ir a ver a sus amigos y su prima. No llegaron a verse, a mediodía Aarón le mandó un sms diciendo que acababa de llegar de la cena de Navidad de empresa, que había sido en Elche, y que estaba ‘muerto’, que ‘mjor qedamos otro dia’. ‘No t preoqpes, q no vas a tner q qedar + cnmigo’, contestó Carol. Ya había visto bien nítido hacia dónde tenía que tirar, no iba a aguantar un desplante más, no le merecía la pena.

 

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