¡Ay Manolete, si no sabes torear ‘pá’ que te metes!

Post2PDF   Por Rosa Sánchez Molina en Historias para ir a la cama

Diana estaba harta de guardar una ausencia que ni siquiera le pertenecía. Si David seguía mareando, si no se decidía a dar el paso y estar con ella al cien por cien, a sus 23 años ella tampoco le iba a esperar eternamente. Para jugar ya están los Playmobil. Por eso esa noche se puso las pinturas de guerra, ropa para ir a cazar (que pasaba por la minifalda de colegiala) y salió dispuesta a llevarse a casa una suculenta presa. Quería saber lo que era pensar sólo en ella por una vez, dárselas de chica dura y mala y no tener remordimientos ni compromisos.

Marina y Diana habían quedado en La Rambla para ir juntas hasta el Puerto. Belén las había invitado a la fiesta de Navidad de su club y el plan les había sonado más que interesante, con un montón de gente nueva por conocer. Llegaron al local y llamaron a Belén para que las pasara.

Enseguida se encontraron a gusto dentro: música variada, ambiente jovial sin el mogollón de los pubs y litros de alcohol. Belén les presentó a muchos amigos; los nombres, las caras y los educados besos se sucedían. Entre ellos estaba Leo. Delgado, pelo rubio rapadico, ojos melosos y algo de bakala-pijo. Mientras lo saludaba los instintos de Diana se agudizaron. Ya tenía objetivo. Ella nunca se había visto guapa o atractiva, se consideraba más bien del montón: morena, ojos castaños, no muy alta y delgada. Sin embargo, gustaba a los chicos.

Empezó el cortejo. Confidencias y sonrisas en la barra. Leo le hacía ojitos, le cogía de la cintura a la mínima ocasión y se acercaba cada vez más. Estaba justo donde ella quería. Le había resultado más fácil de lo que pensaba.

Marina y Belén se unieron a ellos divertidas y sacaron la cámara para hacer fotos. Vinieron más. Diana hablaba con todos, pero no perdía de vista a su presa para comprobar que seguía en su punto de mira. Y así era.

Con disimulo, sin que apenas se notara, Diana se puso al lado de Leo, volvía al acecho con sutileza. Él se dejaba caer en el cepo. Belén y Marina fueron al aseo. El tiempo que pasaron en el baño fue todo el que necesitó Diana para tener entre sus manos a su presa y que él la besara.

Fueron a un rincón de la sala con menos luz y más espacio. Allí se enrollaron. Llamaban la atención de miradas curiosas pero sin escandalizar. Diana se exhibía orgullosa con su pieza; sentía sus labios y el contacto de su lengua, sentía sus manos en su culo, agarrándolo fuerte, y viceversa, y se sintió poderosa. Pero también sentía repulsión por ella, por su comportamiento. No le gustaba aquel chico, al menos no tanto como para estar magreándose con él unos minutos después -acaso una hora- de haberlo visto por primera vez. Quiso parar, pero las ganas de marcarse un tanto ante David y, sobre todo, de marcarse un tanto ante ella misma tiraban más. Lo intentó de nuevo. Con más pasión. Seguía buscando esa chispa que le dijera que estaba haciendo lo correcto. Pero no surgió, y no podía saltar porque ella no lo estaba haciendo.

No servía para eso, no era una heart-breaker[1] y mucho menos podía meterle la lengua como si nada a un tío hasta la campanilla estando enamorada de otro. Ojalá fuera capaz, pero no lo era.

Trasladaron la fiesta al Coyote. Allí continuaron enrollándose. Diana buscaba y buscaba la chispa, pero no la encontraba y la sensación de malestar cada vez era más fuerte. Se consolaba y se aferraba a la idea de que para Leo ella también era sólo un rollo. No era suficiente. La gente se fue dispersando. Era tarde. Las amigas de Diana también se fueron sin ofrecerse a acompañarla, creían que estaban haciéndole un favor dejándola a solas con el chico. Ellos también salieron del local al poco tiempo y Diana dijo que iba a coger un taxi. Leo le dijo que no, que él había traído el coche y que la llevaba a casa. Ella suspiró. Accedió por no ser descortés, pero sabía que la situación iba a ser incómoda.

Anduvieron hasta el parking, hablando de temas intrascendentales. Él condujo hasta casa, unos 10 minutos, sin dejar de mirarla libidinosamente, y ella esquivaba su mirada nerviosa. Cuando llegaron, Diana se despidió lo más rápidamente que pudo para no dar opción ninguna a cualquier amago de carácter sexual.

Recibió varios mensajes y llamadas de Leo, que no sabía cómo contestar. No quería seguir con eso, ya había tenido bastante, pero le sabía mal darle un plantón descarado. Llegó a agobiarse. Tras unas cuantas excusas para no quedar, él desistió sin más. En cierto modo, desilusionó a Diana, pero fue un alivio.

 


[1] Rompecorazones

 

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