Los Del Val, una familia eldense a la sombra de Castelar

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Y ahora vamos a ocuparnos del otro primo de Castelar, Antonio del Val y Ripoll, hermano de Rafael y Virginia, personaje más destacado de la familia, tanto por el brillo de sus méritos propios como por los servicios que prestó a la Patria siempre a la sombra de Castelar, como nota constante de la familia Del Val, cuando el insigne republicano fue encumbrado a la más alta jerarquía de la nación, como presidente de la primera República Española desde el 6 de septiembre de 1873 hasta el 3 de enero de 1874.

Si en Rafael del Val podemos hallar el rasgo del eldensismo que hemos relatado, reflejado en su ofrenda a la Virgen de la Salud, no encontraremos hecho alguno en la existencia de su hermano Antonio que le relacione afectivamente con Elda, a excepción de su nacimiento en la villa el 15 de enero de 1839 y su permanencia en ella hasta los cinco 0 seis años, en que la familia tuvo que huir de Elda, emigrando de ella para no volver más, como creemos ocurrió en el caso de Antonio.

Los casi cien años transcurridos, la residencia de Antonio del Val fuera de nuestra ciudad y la carencia de parientes cercanos o fuentes documentales donde se pueda hallar datos o referencias a su vida nos obligan a servirnos, para este apunte biográfico, del único acopio de datos que hemos podido conocer, como es la extensa nota necrológicobiográfica que publicó el periódico madrileño «El Globo» editado por el gran amigo de Castelar e ilustre alicantino don Eleuterio Maisonnave, insertada poco después de la muerte del primo del tribuno y reproducida íntegramente en el tomo I de la obra de Rico y Montero «Ensayo biobibliográfico de escritores de Alicante y su provincia» editado en 1888.

Al cumplirse el primer aniversario del fallecimiento, el semanario eldense «El Bien General», publicó un artículo sobre Antonio del Val, escrito por Miguel Tato y Amat, cuyo texto recoge básicamente los mismos datos de «El Globo» y cuyo ejemplar se encuentra en la Biblioteca «Gabriel Miró» de Alicante.

Como hemos dejado escrito, Antonio del Val y Ripoll nació en Elda el 15 de enero de 1839, último hijo varón del matrimonio formado por Máximo del Val y María Francisca Ripoll. Su madrina de bautismo fue Concha Castelar, la hermana de Emilio, que en aquel tiempo vivían formando una sola familia.

La infancia de Antonio transcurrió plácida, posiblemente considerado por Castelar como un hermanito menor, dada la diferencia de siete años que les separaba, muy importante, pues cuando aquel contaba trece años de edad y comenzaba sus estudios de segunda enseñanza, Antonio apenas tenía seis años.

De Elda, o del lugar donde emigró su padre, sí le acompañaron inmediatamente sus familiares, Antonio pasó a Madrid, a cursar la segunda enseñanza en el Instituto de Noviciado del que pasó a la Universidad Central, donde obtuvo su licenciatura en Filosofía y Letras, culminando unos estudios que habían sido realizados con gran brillantez y facilidad. La extraordinaria altura alcanzada en éstos hizo que fuera nombrado catedrático auxiliar del Instituto de Noviciado, explicando la asignatura de Lógica de forma tan magistral y docta que se le llamó para ocupar la cátedra de Historia de España y Literatura General en la Universidad Central.

Como índice de la personalidad humana de Antonio del Val señalaremos la ascendencia que tenía sobre sus alumnos, tan alterados en aquellos tiempos de agitaciones políticas continuas, siendo apreciado de forma tal por ellos que su presencia era solicitada en los momentos de conflicto para que calmase los incidentes y lograra la paz y la concordia sobre los ánimos exaltados. A los 25 años, Antonio del Val inició su labor periodística en la que habría de realizar su más dilatada obra. Su primo, que en pocos años se había colocado en el pináculo de la fama como orador elocuentísimo y jefe indiscutible de todos los demócratas españoles, había fundado un periódico, llamado «La Democracia» precisamente, en el año 1864, solicitando la colaboración de Del Val, quien la prestó gustosamente pues ello iba de acuerdo con sus aficiones literarias, escribiendo numerosos artículos sobre temas diversos, los cuales se distinguían de las demás colaboraciones por la brillantez de su estilo y exquisita corrección de fondo y expresión.

Unidos por los entrañables lazos de la amistad, del parentesco y del cariño con la familia de Castelar -que había devuelto con creces a los Del Val su generosidad en aquellos tristes momentos de la llegada a Elda- Antonio del Val se convirtió en su persona de confianza, su secretario y su colaborador en las tareas literarias o políticas que Castelar desarrollaba e igualmente en los inevitables compromisos sociales que la destacada personalidad del tribuno le creaba. Como un eficiente «relaciones públicas», Del Val se encargaba de que estos compromisos no atosigaran al tribuno, atendiendo y despidiendo en muchas ocasiones a los visitantes que Castelar no podía recibir con tan cordiales palabras y amables atencidnes que los visitantes, a pesar de no haber conseguido su objeto, se marchaban complacidos. Cuando en 1866 el fracaso de la revolución obligó a Castelar a huir de España, lo mismo que le ocurrió a Isabel II dos años más tarde, del Val se quedó en Madrid acompañando a la hermana del tribuno, doña Concha y haciéndole más llevadera la separación con su solicitud y cariño.

La ascensión de Castelar al Gobierno al constituirse la Primera República Española, ocupando primero el ministerio de Estado (actual de Asuntos Exteriores) para llegar más tarde a la más alta magistratura de la nación, tuvo profundas repercusiones en la vida de Antonio del Val.

Nada hace pensar, en la trayectoria humana de Del Val, que alguna vez hubiera tenido ambiciones de poder o de figurar en cargos políticos. Creemos que si ocupó el cargo de Gobernador civil de Almería y de director general de Comunicaciones, ambos en el año 1873, fue por gratitud y respeto hacia su primo, por quien, según el anónimo biógrafo de «El Globo», sentía Antonio «además del cariño fraternal, el respeto de un hijo, el entusiasmo de un admirador y la veneración de un creyente».

Fue Diputado por Alicante en las Constituyentes de 1873 y nombrado gobernador civil de Almería por el primer gobierno republicano en el que, como hemos dicho, Castelar ostentaba la cartera de Estado. En septiembre fue nombrado director general de Comunicaciones y en ambos puestos dejó constancia de su desmedido celo en el cumplimiento de la misión que le había sido encomendada. Su permanencia en el gobierno civil de Almería dejó una huella tan profunda de su caballerosidad y rectitud que le ganó el aprecio de los almerienses, demostrado durante largo tiempo después por el hecho de ir a visitar a Del Val muchos de los que acudían a Madrid.

En septiembre de 1873 Del Val tomó parte intensa en la sesión del día 3 en la que se discutía el reglamento de disciplina y restablecimiento de una ordenanza rigurosa en el Ejército, socavado en su moral por doctrinas que relajaban la necesaria disciplina. La decidida defensa del orden en el Ejército que hizo Del Val junto a los otros diputados que consiguieron hacer aprobar esta ley, fue considerada por el brigadier Vallejo en sus «Conferencias militares» de la siguiente forma:

«Aquella strevida proposición de ley y los nombres de los 87 diputados heroicos que la hicieron triunfar por un arranque sublime de amor a España deben inscribirse con letras de oro y que pasen a la historia como grato recuerdo de tan nobles patricios».

Como director general de Comunicaciones, aprontó también su infatigable sentido del cumplimiento del deber en momentos difíciles por el desorden público en que estaba sumergida España, con las facciones carlistas merodeando por las provincias y destrozando las comunicaciones telegráficas para evitar que se les persiguiera en sus correrías. Esto hacía que por parte del Gobierno se tuviera que realizar una continua labor de vigilancia y restauración de las comunicaciones interrumpidas.

En esta labor agotadora, Del Val no tenía horas para su afán de cumplimiento de los deberes de su cargo y así estaba en su despacho a altas horas de la noche cuando el telégrafo llevó las trágicas noticias del apresamiento del barco norteamericano «Virginia» por la Armada española en Cuba y el fusilamiento de varios de sus tripulantes como filibusteros. La gravedad de aquella acción era tal que podía desencadenar súbitamente la guerra entre Estados Unidos y España, guerra que al final sería inevitable pues así lo querían Roosevelt y sus seguidores del «big stick». Consciente de la urgencia y la gravedad del momento, Antonio del Val acudió a Castelar, presidente del Poder Ejecutivo, que dormía, despertándole y dándole cuenta del hecho. Así, a las tres de la madrugada pudo dar Castelar las órdenes pertinentes a las autoridades de Cuba para que zanjaran el incidente, evitando de esta forma las trágicas consecuencias que de él hubieran podido derivarse. El prestigio que Castelar tenía en la nación norteamericana hizo que se calmasen los ánimos, pero fue la vigilancia y sentido del deber de su primo Antonio lo que contribuyó a conjurar el peligro antes que éste se convirtiese en un conflicto inevitable.

La modestia, uno de los rasgos más salientes de Del Val, hizo que este episodio quedara en la oscuridad, huyendo de elogios y desviando el mérito de la intervención hacia quien ostentaba la máxima jerarquía de la nación.

Una de sus acertadas decisiones como director general de Comunicaciones fue establecer en España el uso de la Tarjeta Postal, que aunque estaba aprobada en 1871, no se aplicó hasta el 1 de diciembre de 1873, merced a una disposición de Del Val, defensor de este cómodo y popular medio de comunicación.

Dada su modestia y desinterés por los cargos, suponemos que sería sin pesar alguno con que Del Val dimitiría de sus cargos en la madrugada del 3 de enero de 1874 en que el general Pavía entró con sus fuerzas en el Congreso, acabando con la República por la fuerza de las armas.

Alejado de los cargos y del poder, Del Val tornó donde solía, esto es, junto a Castelar, formando parte ahora de la redacción de «El Globo», prestigioso periódico que sustentaba las ideas demócratas de su primo. Como en «La Democracia», los trabajos de Antonio, que casi nunca firmaba con su nombre sino con sus iniciales o el anagrama «Davell», eran fácilmente reconocidos por la altura de sus temas y la elegancia de sus párrafos. Aunque escribía sobre cualquier asunto, dados sus profundos conocimientos de todas las materias, pero en especial las literarias e históricas, sus crónicas preferidas eran las musicales, comentando acertada y dignamente la actuación de las compañías líricas de zarzuela y ópera que se presentaban en los teatros de la Corte con una crítica ponderada y justa en la que no había sombra de adulación y sin admitir el más mínimo regaño ni obsequio. Esto llamaba la atención de los cantantes, poco acostumbrados a una crítica favorable no movida por el favor o la dádiva. Por ello se ganaba también el aprecio de los más eminentes artistas del género lírico de los cuales tenía numerosas fotografías cariñosamente dedicadas.

También era un apasionado admirador del arte pictórico y estimaba en mucho un retrato que le hizo el pintor madrileño Domingo Sánchez, autor de «La muerte de Séneca» (Museo de Arte Contemporáneo), el que admiraba, no por ser él el personaje del mismo sino por la calidad del trabajo. Ignoramos dónde se hallará este retrato de Del Val, pero suponemos iría finalmente a la casa de su hermana Virginia en Zamora, última superviviente de los Del Val y Ripoll y lugar donde murió Antonio.

Una afición suya destacada -y que en aquella época estaba muy arraigada- fue la de coleccionar autógrafos de personajes distinguidos, lo que le resultaba fácil por el número de personalidades eminentes de Europa y América con los que se relacionaba Castelar y por acompañar siempre Del Val a su primo en sus viajes a Europa. Esta colección, muy numerosa y de gran categoría por las figuras representadas por sus firmas, fue expuesta en un «Salón de pinturas y objetos artísticos» organizado por «El Globo» en Madrid.

Del aspecto físico de Del Val, el anónimo glosador de su vida nos ha dejado un retrato detallado que aunque no puede suplir el que contemplaríamos en el lienzo firmado por pomínguez, sí sirve para forjarnos una idea de cómo fue nuestro paisano físicamente.

«Su figura predisponía a ello. Tenía en la misma la mejor de sus cartas de recomendación. De elevada estatura y regulares proporciones, parecía menos alto porque rara vez se erguía. Sus ojos grandes y expresivos, sus facciones regulares, su barba fina y poco poblada cual la de un príncipe árabe, su color moreno, dábale una figura esencialmente nacional…». Si a estos elogios unimos los que hace de «su agradable presencia, su fino trato y su delicada galantería», tendremos un retrato de Antonio del Val extraordinariamente apuesto y galán. En 1885 la fatalidad extendió su negro manto sobre Antonio del Val; igual que le ocurrió a Francisco Laliga, el malogrado poeta eldense un año después, un derrame cerebral sumió el cerebro de Del Val en la negrura. Los auxilios médicos que se le prodigaron evitaron su muerte física, pero no la mental, ya que quedó su inteligencia totalmente oscurecida, entre el dolor de sus primos y hermanos, permaneciendo en este estado de semiinconsciencia hasta el 7 de marzo de 1886 en que sufrió un nuevo ataque cerebral que le causó la muerte tres días más tarde en Zamora, donde se hallaba al lado de su hermana doña Virginia.

La muerte de Del Val causó gran pesar, dedicándole cariñosos recuerdos toda la prensa madrileña, demostrativos de la pena sentida por la desaparición de quien no podía tener enemigos por su afabilidad, su caballerosidad y su gentileza.

La extensísima labor literaria de Del Val quedó toda en las páginas de «La Democracia», «El Globo» y alguna otra publicación, sin que dejara ninguna obra editada en forma de libro. Pero la cantidad y calidad de la mayoría de sus trabajos literarios, históricos, biográficos o musicales haría que si se recopilaran formasen varios volúmenes de valioso contenido que confirmarían la categoría de escritor de Antonio del Val.

La desaparición de Antonio del Val del lado de Castelar; la muerte de la hermana de éste, Concha en 1889, la vida propia e independiente de sus otros primos Virginia y Rafael, hicieron que Castelar, vinculado desde su infancia a los Del Val, llevara a su lado al representante de la tercera generación de esta familia eldense, Rafael del Val, que estuvo presente con asistencia permanente y cariñosa, hasta el último suspiro de Castelar, como un ejemplo más de la unión íntima, espiritual, entre la familia eldense Del Val y el gran hombre público Emilio Castelar, eldense de corazón.

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8 respuestas a “Los Del Val, una familia eldense a la sombra de Castelar”

  1. Soy descendiente de la familia de Rafael del Val Escobar.
    Tenemos el árbol genealógico. Si les interesa, pónganse en contacto conmigo mediante este correo electrónico.

    1. Soy estudioso de Castelar, sería posible me enviasen su árbol genealógico, les quedo muy agradecido.
      José Carlos González Bautista
      Dr. en Ciencias Quimicas

    2. Podría enviarme el árbol genealógico de los del Val. En mi prueba de ADN hecha por la empresa 23andme aparece como prima en quinto grado Patricia Guimard de Val con familia proveniente de Zaragoza y Madrid. Tienen conocimiento de esta persona. Por otra parte tengo serios motivos, según comentarios trasmitidos por tradición familiar de tener una relación de parentesco con Emilio Castelar de la que busco confirmación, la cual estoy investigando.
      Gracias anticipadas.

    3. Sería posible contactar con Victoria Escobar Santo Tomás. Podría conseguir su email por razones genealógicas?

  2. Estoy investigando a Emilio Castelar, alguien conoce algún familiar o amigo de el que se llamase Natalia o Natalio y que parentesco o relación tenian?
    gracias
    pepe

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