La aventura de la emigración: Querer es poder (II)

1935

Les dejamos el último párrafo del capítulo anterior:
«De pronto, pienso en la nota que escribió mi madre, un nombre y una dirección en París. Se trata de un familiar lejano, hermano de una cuñada de mi madre, que ha continuado carteándose con su familia desde que llegó a París al huir de España tras nuestra guerra. No tengo grandes esperanzas pero voy a probar suerte.»

Aprovecho el domingo para visitarle. La calle cae justo al lado de la Place de la Republique. Su nombre para todos es Toni, que me recibe con mucha cordialidad. Vive con una francesa, viuda de guerra y con los dos hijos de esta. Toni por su parte tiene un hijo algo mayor que yo que habita en el mismo sector. Se lo trajo de Barcelona donde nació, al morir su madre y quedarse solo. Este muchacho se casó con una joven de Barcelona que conoció en París. Me invitan a comer.

1935
La Place de la République de París en 1935. Imagen extraída de www.placedelarepublique.paris.fr/content/webdoc

Hablamos de Barcelona, de París y de mi situación. En el curso de la conversación, me pregunta, si he visitado a mi padre. Mi respuesta no se la espera, estamos en el año 1952 y a mi padre no le he visto desde 1937 cuando se fue a combatir, es decir mi padre y yo no nos conocemos. Le sorprende mucho que nunca se haya preocupado por nosotros, su esposa y sus dos hijos. Me pregunta si conozco su dirección y le contesto que ni eso. Hojea en una libreta de teléfono y me lo anota en un papel. Me explica, que aunque estuvieron juntos en la batalla del Ebro y juntos llegaron a París nunca han tenido una relación continuada, en especial, debido a que si bien él, Toni, es un simple obrero especializado en la fábrica de automóviles Talbot, mi padre no tardó en convertirse en un pequeño empresario de éxito y ello les alejó. Esta relación me produce cierto malestar al pensar en lo que llegó a sufrir mi madre para sacarnos adelante.

Aprovechamos la tarde para visitar a su hijo y esposa que viven a escasos cien metros. Más sorpresas en el mismo día, su hijo es nada menos que Alfonso el hijo de Lola, amiga de mi madre y vecina del barrio. Recordé las lágrimas de mi madre al enterarse de la muerte de su amiga.

Alfonso, al que yo recordaba pero con el que nunca tuve relación por cuestión de diferencia de edad, también me recuerda vagamente. Se dedica a pintar pisos de los que construye el Estado (H.L.M.) «Habitages à loyer moderé» en los barrios periféricos de París. No duda ni un momento en ofrecerme trabajo y aunque insisto en que nunca he pintado, me responde que eso es lo de menos, el me enseñará en un momento.

Son las seis de la mañana y espero que aparezca Alfonso por la plaza de la República que es donde quedamos. Puntualmente aparece conduciendo un bonito Simca Aronde, dentro del cual se encuentran los dos jóvenes que con él forman el equipo, se trata de argelinos.

Simca Aronde
Publicidad de un automóvil Simca Aronde en los años 1950. Imagen extraída de http://laplumadelcormoran.me/page/2/

Llevo una semana pintando pisos aunque a lo que yo hago decirle pintar es un eufemismo.

Un atardecer me acompaña a un hotel en el barrio periférico de Levallois-Perret, donde él se hospedó años atrás. Le reconocen y somos bien recibidos. Se trata de uno de esos hoteles que se anuncian como “chambres au mois», es decir, estancia mínima un mes y está ubicado en la rue du President Wilson frente a un hermoso jardín llamado de la Planchette. Las habitaciones todas exteriores, son amplias y disponen de una cama de matrimonio, dos confortables sillones y en un rincón un mármol adosado a la pared sobre el que colocar un fogón para cocinar.

La combustión del fogón ha de ser por medio de alcohol, por lo que sale más a cuenta comprar alimentos precocinados, ya que el bajo nivel calorífico de la llama del alcohol no permite cocinar una patata en menos de una hora.

La duración de mi visado se está agotando, ya solo me quedan días para que expire.

Una mañana aparece el Simca Aronde de mi amigo Alfonso para recogerme, pero no lleva con él a sus argelinos. Me hace subir al coche y sin más preámbulos me pregunta, si llevo dinero encima, al responderle que no, pero que algo tengo en la habitación del hotel, pone rumbo hacia allí, mientras me cuenta que su mujer se ha liado con uno de sus argelinos y encima ambos le han echado de su casa.

Todo ello se me antoja tan rocambolesco que no atino a responderle nada, me he quedado mudo. En primer lugar, pienso, su mujer no es ninguna belleza, es decir, es más bien feúcha, y en segundo lugar, abandonar a su marido que alto y bien parecido si lo es, por uno de aquellos moros de comportamiento bastante primitivo, escapa a mi comprensión.

Llegados al hotel le entrego un billete de 100 francos (nunca sabré el porqué no fue a pedírselo a su padre) y se va, pero para siempre, nunca más supe nada de él.

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Billete francés de 100 francos. Imagen extraída de www.vision.net.au/~pwood/Oct06.htm

Es decir me quedo sin los cien francos, sin amigo y sin trabajo de pintor.

Dando tumbos por el que ahora es mi barrio, Levallois, en el que existen muchas pequeñas empresas, leo en una de ellas un pequeño cartel en el que dice, «Se ofrece trabajo a personal no cualificado».

Ya vuelvo a tener trabajo, pero por las noches. Se trata de limpiar unas enormes calderas en las que de día se almacenan unas materias plásticas muy viscosas. El equipo de limpieza se compone de una decena de hombres, todos ellos de color. Al tercer día de penoso trabajo me ascienden a jefe de equipo, ya no he de ensuciarme ni sudar como un negro (es decir como sudan todos los demás).

Voy pensando si debo acercarme a conocer a mi padre. Al fin y al cabo, con la gran dificultad que existe para obtener los papeles, no me va a quedar otra alternativa que regresar a Barcelona. Así pues al menos podré decir que he llegado a conocer a mi progenitor, (porque de padre nada).

Es domingo y tomo el autobús que lleva a Champigny sur Marne, una población en el extrarradio de París compuesta de «Pavillons» chalés con su jardín delantero.

CHAMPIGNY
Champigny-sur-Marne es un municipio de Île-de-France, ubicado en el Val-de-Marne. Imagen extraída de Wikipedia.

La verja del jardín no está cerrada con llave. Paso entre parterres hasta llegar a la puerta de la casa. Pulso el botón sobre el cual se lee «sonette». Abre la puerta una señora (en realidad madame ya que es francesa) que me pregunta amablemente qué deseo, le doy mi nombre y que deseo ver a mi padre.

El rostro de aquella mujer, de nombre Raymonde cambia de color y girando el rostro ligeramente hacia el interior de la vivienda pronuncia con un hilo de voz ¡Michel¡ (ya está, me digo, hasta el nombre se ha cambiado). Efectivamente se nacionalizó francés y su nombre ya no es Manuel.

…CONTINUARÁ…

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