En busca del Vinalopó

Post2PDF   Por Francisco Peiró Navarro en Reportajes

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“¿Aprendiste algo de aquella derrota?”

“Nada, absolutamente nada. Seguí viviendo en el límite, como si para disfrutar de la existencia hubiera que estar siempre con los pies en alto y la cabeza apoyada en la afiladísima hoja que separa el fracaso del éxito.”

“Así te va.”

“Así me va”

Serían alrededor de las diez de la noche, cuando algún oculto resorte interior hizo que saliera de la bañera y me obligo a secarme, vestirme y, con infinito cuidado y mimo, calzarme. Muy despacio, como si tuviera un súbito ataque de almorranas, salí del cuarto, baje las escaleras y me dirigí al bar de la venta.

¿Quant es?

- ¿Le pose tambe el preu de l´habitacio?

- Poselo.

- A vore, uit cervezas, tres cuantros, dos bocadillos de pernil i formatge, i una racio de ensaladilla.¿Es aixo,no?

- Aixo maitex.

- Lo del sopa son dos mil nou-centes, i l¨habitacio dos mil sis-centes.

- Molt be.

Le di un billete de cinco mil y otro de mil  y le dije que se quedara con la vuelta. Subí las escaleras de dos en dos. Mi estómago, un pequeño pantano de Tous antes de llevarse la presa por delante, navegaba aparte. Entré en la habitación, me dirigí al diminuto inodoro, la fuente brotó durante largo rato. Luego abrí la ventana y me apoyé en el alfeizar. De vez en cuando, se veían las luces de un coche brillando en la lejanía, un segundo después pasaban por delante de la venta con un silbido de rata asustada. Debajo de la sombra invisible del castillo, parpadeaban las colmenas humanas de Banyeres. Grillos, ranas y duendes festejaban la fiesta a las orillas del río. De pronto, sentí que había sido un día maravilloso, que no había nada comparable a un paseo por las estribaciones de la sierra de Mariola, en busca de las fuentes del Vinalopó, a lo largo de una tarde fresca y apacible del mes de septiembre.

Había llegado al punto de confluencia del Barranc de Pinarets y la Sequia Major a eso de las cuatro y media de la tarde. Una vez saciada mi sed de una fuente que brotaba al borde de la misma carretera y recuperadas mis fuerzas con algunos caramelos que llevaba a tal efecto, apoyé mi espalda contra una encina, aspiré hondo y contemplé el paisaje. A mi izquierda, en dirección a Alcoy, la carretera descendía abruptamente durante unos cientos de metros hasta cruzar la Sequia Major por medio de una exigua mas grácil pasarela de sillería. Praderas aterciopeladas ondulaban mecidas por un feble aliento vespertino. El dulce flujo cristalino ocultaba pudoroso su nimiedad escondido entre los gallardos álamos y la maraña de arbustos, escaramujos, zarzas y silvas. La floresta de coníferas montaba guardia de honor al paso de la acuática cabalgata, presentado en sus penachos los chirlos y escaras de las alcandoras engendradas por los pirómanos.

“Jo, macho, que cogorza, que tranca, que curda. O debería decir que embriaguez, que beodez, que vinolencia, que temulencia, que dipsomanía.”

“Dipsomanía no, eh, hasta ahí podíamos llegar. Dipsomanía viene a significar, si nuestra obnubilada mente no recuerda mal, tendencia compulsiva hacia el uso, o abuso, de la botella. Hombre, no digo que, en otros tiempos, no empinara el codo con más asiduidad de la estrictamente necesaria y en cantidades que iban un poco más allá de lo rigurosamente conveniente. Pero, de eso, hace siglos.”

Diálogos etílicos aparte, la verdad es que había merecido la pena el paseo. Para alguien acostumbrado al erial del Alicanti y los valles del Vinalopó Mitja, resultaba sorprendente encontrarse con un entorno tan próximo y, a la vez, tan diferente. El rumor del agua era una música de fondo apenas audible pero siempre presente. Por doquier se veía la mano atenta y cariñosa del labrador. Plantas y árboles tenía una especial lozanía y frescura. Aquellos campos eran como una enorme frutería al aire libre. Alargabas una mano y aparecía una manzana, extendías la otra y te venía una ciruela. Te agachabas y, en vez del pedregal a que estabas acostumbrado, hallabas bellotas, almendras y avellanas. Hasta la brisa tenía mágicos sones. Era como un encantamiento, como la senda multicolor del mago de Oz. Mas, como en todo cuento de hadas, en cualquier momento podía romperse el hechizo. No había más que levantar la vista y ver, en las laderas del valle, los cadáveres chamuscados de millares de pinos. Y donde la tala había comenzado, en lugar de leños ennegrecidos, se habían abierto grandes calvas en el monte recubiertas de pulidas rocas.

En medio de aquel vergel y aquel infierno, se alzaban, pegados al río, los paquidérmicos despojos de un ingenio textil. Junto a los restos de la gran nave, llena del recuerdo del chirriar de maquinas y el sudor de hombres, se levantaba una diminuta capilla todavía en buen estado. Lo de siempre, una vela a Dios y otra al diablo. Al poco de pasar aquellas ruinas industriales los huertos tocaron a su fin. Un poco más arriba un ramal del camino cruzaba el cauce en busca de otro brotonsaurio industrial. Allí el agua era tan cristalina que me atreví a introducir en ella el hueco de mis manos y llevármelo a la boca. Toda una vida recorriendo la cuenca del Vinalopó y esta era la primera vez, y seguramente la última, que bebía de sus aguas. A partir de ese punto el camino se escoraba hacia el este, alejándose del cauce. Dude entre seguir el río o el camino. El tiempo era escaso y la perspectiva de andar campo a través por territorio desconocido no acabó de agradarme, quizás por ello perdí la ocasión de contemplar el lugar del “verdadero” alumbramiento del Vinalopó. Al cabo de un kilómetro, llegué a una magnífica hacienda. Casa cuadrada de tres plantas, techumbre a cuatro vertientes y coqueta capilla adosada; una recia verja rodeaba el jardín. El paisaje, una altiplanicie rodeada de lejanas lomas se me antojó frío y hostil. En lugar de vides y frutales crecían girasoles y malas hierbas protegidas por altas alambradas de espino. A partir de aquel punto el camino, que hasta entonces había seguido una dirección este noreste, enfiló decididamente hacia el norte. Cerca podía verse una charca reseca que puede que, en un año de lluvias, hubiera contenido algunas de las primeras aguas del balbuciente Vinalopó, pero que ahora tan solo albergaba el vacío cascarón de un barril de petróleo. Poco después arribé a la carretera local que marcaba la cota más alta del viaje, desde aquel punto Bocairente distaba tan solo un par de kilómetros. Avancé  por la carretera unos cientos de metros y enseguida distinguí el amplio camino forestal, conocido como el de la Sierra de Mariola que, marchando en dirección sur sureste, llegaba directamente hasta Banyeres. Eran ya más de la seis y media y hacía más de una hora que no tomaba ni una sola gota de agua. Aunque las escasas nubes habían impedido que el sol pegara de lleno, el calor propio de la estación y la continua subida me habían dejado el gaznate cual papel de lija. Me aposenté sobre una piedra, degusté un par de caramelos y proseguí la marcha. El camino, después de sortear algunos chalets pequeño burgueses con piscinas tamaño bidet, se adentraba en un tupido bosque de árboles chamuscados. En aquel lugar endemoniado hasta la suave luz del atardecer supuraba ceniza y negrura. Cuando contemplé los troncos cortados a la vera del camino, con aquel interior sonrosado sobresaliendo sobre la negrura de la piel, no pude evitar pensar en un ejército de bebes tostándose en una inmensa parrilla. El camino cruzaba un buen número de hondonadas que obligaban a un continuo sube y baja. Sudaba como un puerco y la lengua ya la tenía pegada al cogote. El humo, invisible pero presente, inundaba mis pulmones, haciendo mi respiración cada vez más dificultosa.

“¿No sería que ya no podías más con tu alma?”

“Eso también.”

Cuando, al cabo de más de media hora de pasear por aquella desolación, me acerqué a las primeras casas del pueblo sentí que despertaba de una profunda pesadilla. La última cuesta, justo donde comienza el cementerio, fue demoledora. Ahí fue donde jure por todos mis descendientes y antepasados no volver a encarar otra en lo quedaba de jornada.

“Qué hora es”

“Las dos de la madrugada.”

“¿No crees que deberíamos dormir un poco?”

“Creo que este cuerpo serrano está demasiado exhausto para esos lujos. Pero, por intentarlo no se pierde nada.”

CONTINUARÁ…

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2 comentarios en “En busca del Vinalopó”

  1. cervantes

    Y ahora ¿ una novela por entregas?
    Desde luego que esta web, es un auténtico lujo cultural.Y además gratis.
    mis felicitaciones

    #500
  2. luci89

    ¿asi era el río? que lástima, comos somos los humanos, destruimos sin mirar que destruimos….asi nos va!

    #510

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