Doroteo Román, alfarero de las palabras y del pensamiento
[NOTA: Doroteo Román falleció el 6 de abril de 2006. Aún así, el siguiente artículo, extraído de la revista Festa 93, mantiene el mismo texto que se hizo en su día por respeto a su autora]
Nació hace 83 anos en nuestro pueblo y puede que sean muy pocos los que han llegado a conocerlo de verdad. La apariencia de este hombrecillo enjuto, de mirada intensa y atenta, nos hace imaginarlo como una persona lejana, casi esquiva. Su escudo es la discreción y la prudencia. Conocerlo es sorprenderse. Conversar con él unas horas en su nutrida biblioteca, rodeado por las fotografías de sus seres más queridos y sus maestros, es verlo aumentar de estatura a medida que las palabras, los recuerdos, las citas y las ideas se entretejen y nos muestran al Doroteo que hay detrás de su cauteloso muro de protección. Los pilares de su pensamiento son la Libertad y la Justicia, su modo de defenderos la crítica y la constancia en el estudio.
Hay un abismo entre el personaje que una cree que va a encontrar, el que una encuentra realmente y él que cree ser. ‘Yo creo que se me podía contar entre esas personas normales y pacíficas que viven modestamente de su trabajo, sin hacer daño ni molestar a nadie». Soy un hombre vulgar, más reflexivo que activo. Mi vida no importa, lo que importa son las ideas, los sentimientos y los sueños».
Doroteo Román es un amante del platónico mundo de las ideas e, incluso, idealista, pero siempre ha sabido cuál era la realidad que le ha tocado vivir y la ha filtrado a través de su tamiz crítico y su escrutadora mirada. Es esa mirada la que al posarse en sí mismo ve a un hombre insignificante. No podemos oponer a ello nada más que un texto que el mismo escribió hace 28 años, referido a los hombres que con su esfuerzo hicieron progresar a Petrer. “Las estatuas y párrafos apologéticos insertos en los manuales de historia, suelen ser homenajes dedicados a las grandes individualidades, muchas veces hinchadas y desprovistas de humanidad”.
Un sencillo homenaje de nuestro corazón, lleno de afecto y gratitud, debiera estar siempre úbicado a esas innumerables generaciones, desaparecidas por su humildad en el anónimo, que con su trabajo paciente y tenaz, muchas veces heroico y siempre positivo, participaran directamente en la creación y en el engrandecimiento de nuestra pueblo».
Para él «hemos de sentirnos más dispuestos a recibir que a dar lecciones». Lecciones que ha recibido paciente de sus mas íntimos confidentes y compañeros: los libros. Hijos de aquellos que fueron sus maestros: Marañon, Laín Entralgo. Ortega. Russell… “Hombres importantes que me han ayudado a seguir adelante en mi azarosa trayectoria vital, formulando conceptualmente los sentimientos, deseos y esperanzas latentes en el fondo de mi espíritu».
Su innata cunosidad, su afán por conocer y comprender han hecho crecer la simiente que en él sembraron sus maestros. Maestros no solo en pensamiento sino en actitudes humanas y búsqueda de la libertad.
Sólo recomendó sus días y buceando en sus textos podemos descubrir el humilde tesoro de sus ideas y descubrir la sencillez, valentía y vitalidad de este petrerense cuyo único patrimonio es la cultura.
Doroteo Román Román nació en 1910 bajo la atenta mirada de nuestro pequeño pueblo, que describe emocionado: «las antiguas casas de la plaza de abajo , con sus huertos posteriores poblados de verdes arboles: los dos campanarios de la iglesia, y su cúpula azul; las ruinas seculares del castillo moro, que en su altura soberbia resisten la acción del tiempo».
Su familia provenía de una antiquísima estirpe de alfareros. Su carácter introvertido y tímido, que le apartó de los juegos infantiles, le permitió pasar mucho tiempo en la alfarería junto a su abuelo materno, el tío Pepo. Quizá viéndole modelar el barro para hacer bellos y útiles recipientes fue como Doroteo aprendió que las palabras y las ideas también pueden modelarse para crear hermosos escritos repletos de fructíferos pensamientos.
Sus padres, Juan Bautista y Ana, sacaron adelante a sus tres hijos, Doroteo, Asunción y Juan, gracias a su pequeña empresa de calzado. Fueron sus progenitores los que determinaron dos aspectos esenciales en la personalidad de Doroteo: su deseo de aprender y su sencillez. Recuerda de su madre su modestia y su entrega al hogar y a la familia. Juan Bautista, su padre, fue el culpable de su afición a las letras al regalarle con 15 años algo que aún conserva como una de las más preciadas riquezas de su biblioteca: el diccionario de la Real Academia de la Lengua.
Éste sería el instrumento para entender los ensayos que leía en una prestigiosa publicación de la época, El Sol, que tuvo como mentor a Ortega y Gasset. Conoció así La rebelión de las masas y los ensayos de Gregorio Marañón, contagiándose de inmediato de su humano liberalismo. La lectura de este periódico iluminó la, hasta entonces, tenue y básica enseñanza que había recibido en la única escuela que existía en Petrer a principios de siglo y que se alzaba en el lugar que hoy ocupa la Biblioteca Municipal. Por ella pasaron infinidad de profesores que instruían en las elementales cuatro reglas a los escolares y, entre ellos, Doroteo recuerda especialmente a don Manuel Soler.
Pero su mayor maestro fue, en su adolescencia, Gabriel Brotóns, a quien recuerda como: «hombre extraordinario, alegre, generoso, emprendedor y entusiasta, y a quien debo las primeras nociones recibidas sobre contabilidad, cálculo y correspondencia mercantil». Fue su primer maestro ya no sólo en administración, sino en la defensa de las libertades públicas que la Martínez Cuenca y Venancio Caballero, entre otros, se materializaron en el semanario Juventud, publicación semanal centrada en los problemas locales, en el que Doroteo haría algunas colaboraciones esporádicas: sus primeros escritos. A los 14 años, motivado por la situación económica que vivía su familia, comenzó a trabajar en la empresa de su padre hasta que el año siguiente se inició en el oficio de administrativo en la fábrica eldense de calzado «José Martínez Sánchez». En ella trabajaría hasta su jubilación, consagrándole 52 años de su vida y siendo testigo del paso de tres generaciones de propietarios. Fruto de su aplicado trabajo y sentido de la responsabilidad fue la consecución del cargo de jefe administrativo.
Su trabajo le permitió estrechar los lazos de amistad con Paco Molla, a quien conocía desde la infancia, ya que la industria de su padre en la calle Mayor estaba muy cerca de la casa de Paco. Pudo, con pocos años, «sentir el impacto de sus palabras. Palabras interesantes, ponderadas, amables, gratas, bellas». Mollá trabajaba en la misma empresa de Elda y el camino de vuelta a casa era un apasionado diálogo entre ambos. “Él me hablaba de los encantos de la naturaleza, de la armonía universal, del misterio insondable de la vida, temas que aparecerían, como una constante, en el futuro de su obra. Yo, más prosaico, le hablaba de la contabilidad por partida doble, del juego de las cuentas que, al final de un ejercicio económico, con ganancias o con pérdidas, necesariamente, tenían que cuadrar. Animado por una entusiasta vocación profesional, en mi empleo de administrativo precoz, aquello también tenia para mí un maravilloso atractivo”.
Sólo a él se atrevería a mostrarle sus primeros versos. El tiempo fue aumentando su amistad y, muestra del cariño que se profesaron, son estas emocionadas palabras que Doroteo escribió pensando en nuestro poeta: «representa, él solo, para mí, la prueba inmediata y tangible, la encarnación perfecta, de la bondad humana».
Cumplir 15 años supuso para el adolescente Doroteo un acercamiento a los autores de la generación del 14, 98 y la naciente de 1927. Laín Entralgo, Lorca, Alberti, Hernández, Guillén, Salinas… eran los escritores de la nueva generación. Frente a ellos los pensadores ya consagrados de la generación del 98 a los que Doroteo rindió un pequeño homenaje en una conferencia al recordarnos que “nos trajeron un estilo literario limpio y transparente, justo y expresivo, barriendo la confusa y abrumadora hojarasca que en el hablar y el escribir privaba entonces; combatieron la ramplonería y los vacuos convencionalismos sociales, patrióticos y religiosos. (…) Ellos, y muy particularmente para nosotros, Unamuno, Machado y Azorín, nutrieron nuestra alma de recuerdos y a la vez de esperanzas, haciéndonos sentir y amar apasionadamente a España, una España de todos y para todos que, encontrándose a sí misma, logre cumplir sus más altos destinos en la historia».
Influido por ellos, su ardor juvenil y su idealismo, dejó a un lado el carácter reflexivo que le ha definido siempre para tomar parte en actividades altruistas y políticas.
En la década de los veinte actuó en una agrupación teatral junto a Justa Beltrán, Conrado Verdú y otros jóvenes aficionados que recaudaban fondos destinados a auxiliar a enfermos que carecían de atención sanitaria.
Sin embargo, descubriría pronto otra vía más efectiva para proclamar sus principios. Él mismo lo relata en su texto «Vivencias de la guerra civil española»: “La democracia liberal republicana constituía la base ideológica sobre la que me había sentido impulsado a participar en la creación y sostenimiento de una agrupación juvenil afecta al partido radical de Alejandro Lerroux. Yo era, por elección de sus afiliados, quien la presidia (…) En este campo, mis actividades eran más reflexivas que combativas, más literarias que políticas».
La creación y presidencia del grupo Juventud Republicana le empujaron, con 19 años, a realizar sus primeras intervenciones en público para defender la abolición de la Monarquía y la proclamación de la República. Sus ideales de cambio quedaron reflejados con sü colaboración en el semanario Polémica creado en 1931 —que en 1933 pasarla a denominarse La Voz del Pueblo— publicado por los republicanos que mantienen una contienda periodística semanal con otra publicación de los gobernantes locales socialistas.
Destaca su artículo “A una mujer”, donde queda patente su talante liberal en un duro ataque a la monarquía decrépita, cuya única alternativa era un estado laico superador de caciquismos y militarismos. A la mujer hace una llamada clara: “tu colaboración habrá de completar la obra gigantesca que se está realizando para hacer de España un país donde la LIBERTAD y la JUSTICIA sean tangibles realidades.
El artículo que publicó en octubre de 1933 en La Voz del pueblo bajo el título de “Nuestras Fiestas” se hacía eco del proyecto de una comisión de fiestas compuesta por jóvenes petrerenses que trataron de organizar las fiestas de octubre, ya que la Casa Consistorial se había negado a ello por su origen y tradición religiosa. El intento constituyó un éxito gracias al empeño de la juventud y el apoyo casi unánime de la población. El concepto que Doroteo posee de las fiestas es bastante indicador de su pensamiento. “Las fiestas han de desenvolverse en un ambiente de paz y alegría y amor – pero no olvida añadir-dándole, paulatinamente, un influjo educador”.
Repartido su tiempo entre trabajo, sus lecturas y sus actividades juveniles el estallido de la guerra civil el 18 de julio de 1936 le sorprendería con un inesperado arresto. Su detención, que sumió a su familia en una angustiosa espera, se debió a que republicanos y socialistas lo tacharon de fascista. Su encierro inicial en Petrer y, posteriormente, en el Reformatorio de Adultos de Alicante tuvo lugar entre el 18 de julio y el 17 de octubre de 1936. Allí, en el 4º dormitorio, presenció la saca nocturna de un conocido procurador de los Tribunales de Elda, a quien, ya fuera, como a a otros muchos, se le dio el paseo en uan carretera. Con el grupo de Petrer fue procesado y sometido a juicio en condiciones tales que conducirían fatalmente a los irreparable: cayeron fusilados ocho amigos suyos y compañeros suyos, más un desconocido comprovinciano de Rojales que había ido a parar a nuestro pueblo para ser detenido. Otros fueron condenados a distintas penas de prisión o absueltos. Entre estos últimos, la Providencia quiso incluirlo a él, que enseguida fue puesto en libertad.
Pronto lo acogieron en Elda sus antiguos compañeros para trabajar en las oficinas de un grupo de empresas socializadas en el que se hallaba comprendida la de Martinez Sánchez, alojándose para mayor tranquilidad en casa de su prima Pompilia, que ya entonces tenía fijada su residencia en la ciudad vecina. Al ser movilizado con destino en el servicio de Armería y Municionamiento de la 15 Brigada Internacional, sin coger nunca el fusil, vivió el conflicto bélico al principio en el frente de Madrid – campañas de Brunete y Villanueva de la Cañada- pero luego estuvo todo el tiempo en Aragón - Quinto, Belchite, Teruel, etc. – hasta llegar en sucesivos desplazamientos a Mora la Nueva, junto al Ebro, en Tarragona. El río hubo de cruzarlo en ambos sentidos de noche, en barca y sobre improvisados puentes de madera, en tres ocasiones; la última de ellas, ante el imparable avance de las tropas nacionalistas, marcó el inicio de la multitudinaria huida de combatientes y población civil por Cataluña a Francia, donde él quedo internado en el campo de concentración de Argelés.Enfermo en uno de los barracones habilitados para la asistencia hospitalario, confió a su compañero Bartolomé Juan Maestre, más conocido en Petrer por El Blanco, una carta de despedida con encargo de que la hiciera llegar a su familia en caso de fallecimiento.
Tras su convalecencia y el fin de la guerra, la mayor alegría de su vida ña experimentó al recibir noticias de su familia y amigos, sanos y salvos todos, y con ayuda de un paisano residente en Nimes y de la familia de Martinez Sánchez, en Irún y Santander, pudo finalmente regresar a Petrer comenzando a trabajar inmediatamente en la fábrica de Elda, donde tantas cosas había que reconstruir urgentemente.
La guerra civil es, para él, el capítulo “más temible de toda nuestra edad moderna y contemporánea – exigiendo – la necesidad de que testigos y protagonistas de aquella contienda, todos, sin distinción de credos ni de clases, se arrepientan de que se produjese algo tan terrible.”
Del epílogo de la contienda también nos ofrece un amargo relato. “Acabada nuestra guerra civil, escarmentados y escépticos tras los grandes males padecidos, se inició entre nosotros un periodo de convalecencia, en el que tan sólo podíamos atender a las perentoriedades más exigentes de la vida. El “primero vivir” del cásico aforismo, hubo inexorablemente de imponerse sobre el “filosofar”. La postguerra fue una época de pragmatismo destinado en la que Doroteo, sin menoscabo que el cumplimiento del deber y la fidelidad a “Martinez Sanchez” en sus horas y días libres, creó su propio negocio de compra venta de calzado con su hermano.
Salieron entonces a la luz muchos odios contenidos que supusieron constantes persecuciones. Él trató de aislarse del mundo político sumido en un profundo escepticismo de hizo caer sus ideales democráticos.
Pero poco a poco logró salir de un profundo vacío en el que se encontraba, se reconstruyó a si mismo y volvió al ideal primigenio: la defensa de la libertad. España se hallaba entonces bajo el yugo de la ineludible dictadura del General Franco.
La dura década de los cuarenta tuvo un único acontecimiento afortunado para él. En 1944 contrajo matrimonio con Isabel Rico Fillol, hija del médico local, a la que conoció en su juventud.
El nacimiento de su hija Natibel y la posesión de una familia, lejos de coartar sus inquietudes intelectuales, las impulsaron. Siguió con sus lectura, sus escritos y participó en nuevas actividades. También inició su afición a dar largos paseos por los parajes de Petrer, acompañado del cayado más últil para sus meditaciones: un libro.
La Hermandad Sindical de Los Labradores y Ganaderos promovió la fundación de la Cooperativa Caja Sindical de Crédito, que se constituyó en mayo de 1959. Doroteo Román formó parte de su junta rectora durante varios años en el cargo de tesorero. Recuerda especialmente su contribución para la instalación del Centro Cultural en el inmueble de la Cooperativa y la creación de una academia administrativa que esta patrocinó.
Escribiría en 1965 el discurso “Petrer y sus cooperativas” a petición de su buen amigo Santiago García, texto inédito que rezuma amor por nuestro pueblo y aquellas generaciones que colaboraron para ponerlo en pie. No obstante lo que más atrae del texto es su concepción de las cooperativas. Éstas son un medio para vencer el idealismo “una de las taras más características y fatales de la idiosincrasia española”, alcanzando la solidaridad y la lucha compartida por el bien común.
El binomio idealismo-realismo que ha marcado siempre este petrerense se explicita en su discurso. “También nosotros cuidamos de tener los pies en el suelo de las realidades económicas, hecho con la dureza de las cifras y la inexorabilidad de las cifras económicas, y la cabeza en el cielo ideal de una sociedad más perfecta, más justa y más feliz”.
En 1959 se unió la junta rectora de la Cooperativa de Viviendas de San Francisco de Sales en Elda, ocupando el puesto de secretario. Allí lucharía por hacer realidad sus ideales liberales y democráticas con la construcción de 600 viviendas destinadas a familias humildes y trabajadoras. Las breves líneas que redactó par un informe de la junta rectora son my significativas. “Estamos todos en absoluta igualdad de condiciones para participar en el derecho de soberanía marcado libremente los destinos de nuestra sociedad. Rige aquí, en toda su plenitud, el principio de “un hombre, un voto”, máximo reconocimiento de la dignidad humana.
Pese al idealismo de sus palabras, la realidad acabaría siendo diferente. La falta de compromisos y esfuerzo de algunos le impulsaría a denunciar que “las bendiciones de la libertad han favorecido con demasiada frecuencia el materialismo y la vida cómoda de nuestros pueblos”.
Su elección de apoyar este proyecto en la cuidad de Elda no fue arbitraria, ya que en la vecina localidad tuvo siempre su trabajo y la posibilidad de “vivir de manera humana y entrañable la vida de la empresa y el pueblo”. Y es que la histórica rencilla mantenida entre Elda y Petrer no cabe en un pensamiento tolerante como el suyo.
Sus inquietudes literarias brotarían de nuevo cuando en 1967 los autores de la recopilación de poemas Cuando las yemas revientan le pidieron que lo prologara. La belleza de estas líneas que cantan a nuestros poetas y nuestro pueblo nos obliga a reproducirlo íntegramente.
A guisa de prólogo
Quehacer de las fábricas y los talleres. Afanoso bregar de los negocios, ir y venir de multitudinarias diversiones. Actividad cotidiana, febril, excesiva, innecesaria a veces…Dejemos, por un instante, que se detenga todo.
Cerremos los receptores de la televisión y de la radio. Aislémonos de ese trepidante motor de explosión, capaz de enloquecernos. Que cesen las estridencias. Y escuchemos….Es la voz de los poetas. De los poetas petrerenses que cantan.
¿Quiénes son? No vamos a presentarlos. Bastará un breve enunciado: El Sr. Cura Párroco de San Bartolomé, D. Jesús Zaragoza: sueños y realizaciones que se entremezclan y confunden; Enrique Amat y Francisco Mollá: triunfo de la vocación autodidacta en el entrañable paisanaje; D. Gabriel García Romeu: destacado valor de un movimiento literario que se va abriendo camino.
Cantan al valle que pisamos, al monte por donde siempre vemos que se levanta el sol; al castillo dorado, página de nuestra historia, monumento del arte, fuente de pensamientos y emociones sin fin; al fervor religioso que, en torno a las imágenes del Santísimo Críalo de la Sangre, de la Virgen del Remedio y de San Bonifacio, nos une en plegarias y rezos; a las fiestas radiantes, prodigiosas, con que la primavera a todos arrebata, llenándonos de gozo, de orgullo y de ilusión; al cementerio nuevo —hogar de nuestros padres— que el dolor nos endulza y convierte en alegre, en feliz esperanza; a principios comunes que, hermanados, nos impelen a mayores conquistas de justicia y de paz; al secreto recinto que contiene el tesoro sagrado de profundas nostalgias… Cantan, de modo principal, a lo nuestro. Cantan a Petrel.
Nadie vea, en este dominante localismo, estrechez de visión, falta de vuelo. Que la piedra de toque de lo que en realidad somos, no se halla en las cosas abstractas y distantes, sino en las inmediatas y concretas. Este cantar llega hoy hasta nosotros a través de un pequeño altavoz, que es el presente libro: CUANDO LAS YEMAS REVIEN¬TAN. Lo ha hecho posible una institución —COOPERATIVA AGRÍCOLA Y CAJA DE CRÉDITO—, medio siglo dedicada a proteger y mejorar la vida económica y social del pueblo. Ahora se permite este lujo. Es, después de tantas cosechas, buenas y malas, pero siempre ganadas con noble y voluntarioso esfuerzo, como un ramillete de flores que, por los sentidos, quiere que llegue a las almas.
Que en las almas luzcan las flores y resuene el cantar de los poetas. Que impere la belleza, que es amor. Y amor que -nos lo dice el Dante – mueve el sol y las otras estrellas”.
El Centro Cultural, creado en 1967, y que aglutinó a un grupo de jóvenes deseosos de cambio y de alzar sus voces contra el Régimen que imponía la ley del silencio, solicitó en 1968 la colaboración de Doroteo como conferenciante.
Escribió para tal fin un conferencia sobre Gregorio Marañón, que constituye tu trabajo más denso. Del que fue su primer gran maestro dio una definición que demuestra su gran admiración: “en él se resumían la ciencia y el arte; las letras y el humanismo. Para mi Marañón encarnaba maravillosamente el concepto de sabiduría clásica (…) que era no sólo saber, sino también bondad”. Significaba la medicina, el arte, la política, la historia y la enseñanza aunadas en un renacentista de nuestro siglo.
No pudo evitar hacer un llamamiento a los jóvenes para que hicieran uso de su libertad de expresión. “No temamos a las ideas, ni abriguemos tampoco el temor de opinar en cuestiones políticas (…) Opinemos y dialoguemos”. Asombra el que ya en esa fecha propugnara la necesidad de crear «una nueva conciencia universal”, lo que no asombra de este texto es que abogara, como su maestro, por «el amor a la verdad entera».
En el curso de los años lo acercaría a Pedro Lain Errtralgo, intelectual que poseía una obra científico-filosófica de gran valía. Su segundo maestro pertenecía a su misma generación y, como él, afrontó el drama de la guerra civil. En el estudio que sobre él inició nos ofrece una visión del hombre completo. «Para un hombre dotado de auténtica personalidad evolucionar es vivir, crecer, enriquecerse, superarse a él mismo, fiel a unos principios éticos y morales que casi siempre comportan conflictos, renunciaciones y entrega».
El faro que iluminó la vida de ambos, maestro y discípulo, es la cultura, concepto que Doroteo definió en su presentación de un recital de piano en 1971, «Es un concepto realmente serio y trascendental en la vida del hombre, que va desde la formación de su conciencia social y ciudadana, indispensable para que, llanamente, asuma responsabilidad, cumpla deberes y ejerza derechos que le son propios dentro de la comunidad, hasta permitirle los goces más puros que existen en el arte”. Pero la cultura está en peligro porque «el consumismo y los entretenimientos huecos amenazan con sustituir nuestro crecimiento interior y nuestras colaboraciones en la vida pública.
Su amor por la cultura aún pervive, su vida interior se adivina intensa, pero su participación en la vida pública desapareció tras la muerte de su hija en 1979, que dejó una profunda estela de amargura y tristeza en su personalidad. No abandonó nunca sus paseos ni la lectura. La Biblioteca Municipal ha sido su segunda casa, a la que acudía diariamente a recoger datos, consultar, analizar y estudiar infatigablemente. La edad le obliga, hoy, a recluírse en su hogar. Pero sus días siguen estando tan llenos como antes. Sigue con su lectura detenida del periódico, con las sesiones de estudio en su biblioteca y la educación de sus nietos, Natibel y Elías, colma su tiempo.
Me gustaría definir su vida y su pensamiento, pero es algo imposible. Al hablar con él vemos a Doroteo como una rara mezcla. En ocasiones parece un alumno aventajado y dócil y otras aquél que sentado en los últimos bancos de la clase se dedica a irritar e incomodar al profesor con preguntas incontestables.
Es capaz de dudar, socráticamente, de todo lo que sabe y de criticar incluso el idealismo en sus principios. Y, sin embargo, ha elegido a unos maestros, los venera y los recuerda constantemente en sus citas, por haberle permitido expresar todo aquello que encerraba dentro de sí y deseaba alumbrar. Vivir para él es saber cada día un poco más, morir y nacer un poco con cada idea, tener la audacia de ser libre de pensamiento,“La educación es el desarrollo en el hombre de toda la perfección de que es capaz” escribió Kanrt. No tengo ninguna duda de que Doroteo con tu lectura varía, bien escogida y aprovechada ha sabido educarse a sí mismo con avidez autodidacta y constancia.
Hace unos años Atilano Alaiz prologó su propio libro con estas sencillas palabras: “aprender a ser libre no es cuestión de suerte, de que el mar amanezca calmo o no para desamarrar la barca, sino que es cuestión de temple de espíritu”. Reconozco en él un espíritu al que sus principios le han hecho ir, en ocasiones, contracorriente. Un espíritu que sorprende por su capacidad para adelantarse ideológicamente a su tiempo. Un espíritu rebelde e inconformista y, a la vez, tolerante y paciente.
Sobre su vida no tiene mucho que decir. Para él, siguiendo a Marañón, “amar y sufrir es vivir en plenitud”.
Sólo para un íntimo amigo como el poeta Paco Mollá con su expresividad y lirismo pudo definir su vida y el pensamiento de un hombre como Doroteo. Aquí quedan sus versos.
Quiero dejar escrito en papel de constancia,
con tinta del espíritu transparente y sereno
la figura del hombre trabajador y bueno
que conozco de tiempos que entroncan con la infancia.
Lector infatigable, buceador de hoduras
por mares sin confines de la sabiduría;
los griegos le descubren la alta filosofía,
y sigue evoluciones de las grandes culturas.
Le atrae el alto vértigo de las enhiestas cumbres,
y emprende raudo el vuelo como un potente halcón;
se encuentra con la pléyade de cósmicos vislumbres:
Madariaga, Russell, Ortega, Marañón…
Siguiendo un largo etc., del alto pensamiento…
Y, en este ambiente suyo que ha sabido forjar
navega solitario, previve en su elemento
libérrimo y gozoso como pez en la mar.
Humanista consciente y por temperamento:
la paz, la comprensión siempre fueron su fuente…
Y aunque el destino a veces le envolvió violento,
supo con dignidad sufrir la adversa suerte.
Estudioso y humilde…Doroteo Román
guarda tímidamente su vivido tesoro;
menudo caminante, más alma de titán:
un cerebro solar y corazón de oro.
Las virtudes humanas fueron siempre consigo:
(Los Derechos del Hombre y los Diez Mandamientos
germinan en su adentro como en el campo de trigo,
cuando es buena la tierra y hay propicios eventos).
Él ha sido en mi vida mi más constante amigo.












Rss
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