Doña Emilia Sempere y Gómez, la poetisa de Santa Bárbara

Nota: Artículo publicado en la Revista Festa 1999.

La partida rural de Santa Bárba­ra, antaño uno de los caseríos más importantes de Petrer, es hoy sólo un recuerdo, la sombra de un pasado que se resiste a morir.

Basta con acercarnos por allí pa­ra poder comprobarlo. De sus ma­nantiales ya no mana agua, ni que­da apenas rastro alguno de su fértil huerta. Sus casas se han ido desmoronando con el paso del tiempo y su pintoresca ermita fue arrasada. Para colmo de agravios la autovía Madrid-Alicante la secciona en dos mitades y separa para siempre el pequeño caserío.

Lejanos quedan ya los días en que se la conoció como el Marquesado de Nogueradonde el conde de Cervellón poseía un caserón con ermita; se pierden en el tiempo las luchas y pleitos de sus regantes contra la villa de Elda por el uso de sus aguas; también queda muy atrás la «pequeña batalla» entre las tropas del general Pardo y las de Pantaleón Boné; y la actividad que un día tuvo la fábrica de las lonas de Vicente Castellò. Sí, todo se olvida siempre, y por ello hemos pensado rescatar de este injusto olvido a uno de sus personajes más curiosos: la poetisa Da. Emilia Sempere y Gómez.

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Retrato de Dª. Emilia Sempere (cortesía de la familia Amat Payá).

Fue esta señora una delicada y sensible poetisa, que vi­vió en una de sus fincas entre finales del siglo XIX y prin­cipios del XX, olvidada injustamente pero recuperada recientemente gracias a una obrita pòstuma que editó su esposo D. Román Payá Soria y que sus herederos, amablemente, nos han hecho llegar.

Doña Emilia Sempere y Gómez nació en Reus (Tarragona) un 6 de marzo de 1849. Era hija de D. Vicente Sempere Molina, capitán de estado mayor, y de D° Encarnación Gómez de Algorra, que, aun­que nacida en Monforte, vivió su juventud en Petrer.  Fue bautizada en la iglesia de San Pedro de Reus y se le impusieron los nombres de Emilia Petra Paula Sempere y Gómez Pasó su niñez en Tortosa A los ocho años, su padre, que era gobernador militar del castillo de esta ciudad, se licenció y, convencido por su esposa, se trasladaron a Petrer, donde vivía su familia política. Atrás quedaban las tristezas de la guerra carlista.

En 1 857 Emilia ya residía en nuestra población. Desconocemos el modo en que transcurrió su juventud. Don Joaquín Gómez de Torres afirma, en el prólogo al volumen que recoge su obra en verso, «que no tuvo motivo alguno de cultura; pues algunos viajes a la capital de la provincia y a Valencia, no era motivo de despertar inspiraciones poéticas; de modo, que todo en Emilia era intuitivo».

De todas formas, debieron ser años difíciles. Las epidemias de cólera habían pa­sado por estas tierras dejando un rastro de horror y la sequía golpeaba duramente la agricultura. Contrariamente, las pequeñas industrias alfareras y esparteras resultaban rentables. El calzado, en sus inicios, hacía vislumbrar un futuro prometedor, máxime si tenemos en cuenta que desde 1858 el ferrocarril atravesaba la comarca.

Algunos años más tarde, Emilia conoció a D. Román Payá Soria, comerciante y rico hacendado, hijo de D. Doroteo Payá y Ramírez, cultivado filántropo muy queri­do y respetado en Petrer. Contrajeron matrimonio en 1874 y se trasladaron a vivir a la plaza de Salamanca (actual Plaça de Dalt), donde la familia del esposo poseía un comercio de tejidos. Su desahogada posición económica les permitía pasar largas tem­poradas en una finca de recreo que los esposos construyeron en el paraje de Santa Bárbara y que D. Román bautizó con el nombre de «Villa Emilia» en honor a su esposa. Emilia pronto se enamoraría del lugar. Aquí cultivó un hermoso jardín que causaría la admiración de los visitantes. Su vida fue transcurriendo entre Santa Bár­bara y Petrer. Posteriormente, en uno de sus versos dirá:

«Para no ir y venir de manera tan cruel

habremos de suprimir Santa Bárbara o Petrel».

Sobre la figura de su esposo, diremos que D. Román, al igual que sus hermanos Doroteo y Heliodoro, fue una persona de gran cultura. Poseía estudios de homeopatía, a la que fue gran aficionado, y en su comercio despachaba medicinas que le proporcio­naban los famosos médicos homeópatas Auxó y Falcó, tal como apunta Eladio González Jover, llegando a mantener correspondencia con eminentes doctores de la época. El matrimonio era seguidor de la logia masónica «Consuelo», de la que era venerable maestre D. José Doroteo Payá. En el jardín de «Villa Emilia» se desarrolla­ron grandes tertulias literarias y filosóficas donde acudieron intelectuales de toda la región. Fue probablemente en el transcurso de estos en­cuentros cuando Emilia adquirió los conocimien­tos que no tuvo en su juventud. Allí nacieron sus primeros poemas, que lamentablemente no se conservan, ya que «la escritora, en su extremada humildad, no los consideraba dignos y los destruía una vez recitados a sus conocidos».

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La poetisa, sentada, junto a su esposo D. Román Payá y una señora que podría ser la actriz Dolores Estrada, muy allegada a la familia (cortesía de la familia Amat Payá).

Los poemas que aparecen inicialmente en el libro que recopila su obra poética son muy sencillos. El 19 de marzo de 1915 improvisa unos simpáticos versos al presbítero D. Conrado Poveda la primera vez que éste cantó misa:

Improvisación

Al joven misa-cantano,

quisiera hacer unos versos;

mas me encuentro viejo y cano

y me saldrían perversos.

Pero a su dicha me asocio

y le deseo humildad

y mucha felicidad,

en su nuevo sacerdocio.

Su máximo anhelo fue ser madre, pero su delicada salud se lo impidió, por lo que nuestra poetisa derramó todo su cariño en su esposo («mi Román…, mi bien querido»), en su hogar («Villa Emilia, el rincón del paraíso… ¡Villa de mis ilusiones») y en sus sobrinos políticos, a los que quiso como a los hijos que la vida le negó. Ayudó a su marido en la administración de las fincas que éste poseía por todo el término (Colegiales, Salinetas, el Campet, las Pedreras), combinando sus labores con la lectura y el cuidado de su jardín. Y todavía encontró tiempo para componer poemas. Por esa época conoció a Dª Dolores Estrada San Julián, famosa actriz de la comedia espa­ñola, que pasaría grandes temporadas en la idílica finca de Santa Bárbara.

Hemos comentado anteriormente que su poesía es muy sencilla y espontánea. En ella expresa su amor por todo lo bello. Lo mismo dedica un poema a una niña desconocida como a su esposo y resulta variada (así las tituladas «Nochebuena», «Mes de mayo» o la dedicada a su perro Brobbi). Todas estas composiciones se hallan escritas en castellano,a excepción de dos en las que usa el valenciano («A Román Pa­yó en el día de su santo» y «Con motivo de una huelga»). Co­mo Emilia fue una persona religiosa en el fondo, no escasean en su obra poesías dedicadas a la Virgen del Remedio, San Bo­nifacio y Santa Bárbara. El 7 de octubre de 1919 dedica unos versos a «Nuestra Excelsa Patrono Nuestra Señora de los Re­medios» que dicen así:

Virgen del Remedio,

excelsa Patrona, rosal y corona

de hijos de Petrel,

cuánto te adoramos,

cuánto, madre mía,

que eres tú, María,

el amparo de él.

A ti suspiramos

en nuestros pesares,

a ti te invocamos

pidiendo valor, tú nos envías

la paz y el consuelo,

nos muestras el cielo

con sublime amor.

¡Virgen del Remedio!

¡calma nuestro duelo

y oye de tu pueblo

el triste clamor!

Sé para nosotros

iris de bonanza,

fuente de pureza,

estrella Polar;

que tú eres, ¡oh, Virgen!

de sin par belleza;

la que nuestros males

ha de remediar.

Por nosotros dejas

tu solio de flores,

por los pecadores

que tus hijos son,

vas hoy por las calles

derramando dones

en los corazones

de fe y religión.

Que eres arca santa

de las alianzas,

eres casa de oro,

torre de marfil,

en ti están cifradas

nuestras esperanzas,

¡bendita tú seas

mil veces y mil!

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