Barcelona, recuerdos de posguerra (XII)

 

…Prosigue desde el undécimo capítulo…

El lazarillo sabía muy bien cómo eran los chinos por las películas de Fumanchú, y en los primeros tiempos de su empleo en el barrio chino los buscó, aunque con un cierto temor porque en el cine todos eran bastante malos, sin conseguir nunca ver ni uno. Una vez sí que vio a un negro por la calle de la Cera que caminaba esposado entre dos guardias civiles y lloraba. Algo malo había hecho, porque ser negro no estaba prohibido.

El lazarillo no vio chinos en el barrio que llevaba su nombre, pero la curiosidad de saber cómo eran ya se la satisfizo Fumanchú y sus películas.

La calle de la Cera, algo más arriba de la calle Hospital, estaba habitada mayoritariamente por gitanos catalanes muy bien vestidos siempre y con los que la gente simpatizaba. Se dedicaban a la venta ambulante de tejidos para trajes. Recorrían la ciudad con tres o cuatro tejidos diferentes colgados de un brazo a modo de perchero y a un precio muy inferior al de cualquier tienda de tejidos. Eran atentos y educados aunque un poco tramposos, porque según contaba el sastre que vivía junto a la casa del lazarillo, cuando llegaba un cliente con uno de aquellos “cortes” de traje, se veía obligado a escoger entre hacer solo la chaqueta o solo el pantalón porque la tela no daba para más.

Calle de la Cera a finales de los 60.

El barrio chino era un lugar tan viejo  y sucio como el del lazarillo. Los que regaban por las noches las calles con sus mangueras solo lo hacían en las más principales. Pero para el lazarillo aquel barrio era mucho más divertido que el suyo,  más gente por las calles haciendo cosas que no se conocían en su barrio.

En el barrio chino se hacían y veían muchas cosas que no eran frecuentes en el barrio del lazarillo.

Pero los chinos continuaban sin aparecer y seguro que a la gente le hubiese gustado su presencia, porque en las conversaciones los nombraban muy a menudo, cuando decían: “me quería engañar como a un chino”, “a mí no me vengas con cuentos chinos”, “naranjas de la China”. A  los hijos del amo, para merendar, les daban Flan Chino el Mandarín y hasta en un café del Paralelo se reunían por las tardes un grupo de hombres mayores que jugaban partidas de MAH-JONG, el dominó chino (muy complicado). Es decir, parece ser que a los barceloneses les atraía todo lo chino.

El Mah Jong o dominó chino, tan adictivo como difícil.

Las cosas diferentes que hacían las gentes de allí eran como extender hojas de periódico sobre las aceras de la calle Arco del Teatro y apilar encima el tabaco de las colillas, pero con un cierto orden, picadura, hebra, rubio y de puro que vendían a pequeños puñados; luego estaban los que vendían gafas para leer usadas, solo había que ir probando hasta encontrar las adecuadas. Un día, un señor mayor con una de ellas en la mano aseguraba que eran las que le habían robado dos días antes. Mentira, los ladrones no existían.

Arco del Teatro, mercadillo de "ida y vuelta".

Luego estaban los que vendían ropa usada, billeteros y cualquier otra cosa susceptible de ser vendida; también estaban los que a un poco a escondidas ofrecían “grifa”, una hierba fumada en Marruecos que llegaba a Barcelona procedente de Ceuta. Además, una cosa rarísima, en los portales de las casas siempre había señoras que esperaban, seguramente a alguien, pero es que había muchas esperando. En el barrio del lazarillo, si la gente esperaba a alguien, lo hacía en sus casas.

Prostitutas en el barrio chino (mediados de los 60).

Otra cosa que tenía intrigado al lazarillo era el tema de los diarios, porque en los quioscos de las Ramblas había muchos de diferentes, “La Prensa”, “La Vanguardia Española”, “El Diario de Barcelona”, “El Noticiero” (el ciero), “Solidaridad Nacional” (la soli) etc. Pero no se veía por ningún sitio a personas que los leyesen. Tal vez los leían en sus casas los ricos, o los falangistas o los grises… Bueno, los grises no, porque lo que a ellos les distraía mucho era hacer ejercicios de porra, pero eso sí, con serenidad, porque según se decía les habían enseñado a castigar sin ira, es decir, que actuaban como cuando las mujeres acudían a los lavaderos públicos para hacer su colada, dándole a la ropa mojada con una pala de madera (picador) pero con naturalidad, sin rabia. Es decir, que los diarios parecían destinados a servir de envoltorio para proteger del frío a los que carecían de ropa o para acabar en los retretes a falta de papel más delicado.

"Solidaridad nacional", el diario de la Falange.

Poco podía imaginar el lazarillo que por aquel barrio de tan mal nombre para el resto de la ciudad, pero de gente humilde y trabajadora, corría ya por aquel entonces una niña que muchos, muchos años después llegaría a ser una periodista y escritora de éxito, leída y admirada. Pero eso sí, en aquellos barrios humildes no existían las influencias, había que ganárselo todo a pulso.

Aunque tal vez, la gente al hablar del barrio chino, la calle que más asociaban con él era la del Arco del Teatro, existía otra más ancha, Conde del Asalto muy frecuentada, donde había toda clase de comercios, peluquerías, tiendas de ropa, cines, un lujoso piso donde decían que una señora tenía una casa de citas y la Bodega Bohemia en la esquina con Lancaster, entrañable lugar donde actuaban muchos de los que un día llegaron a tener cierto nombre en los teatros del Paralelo y que llegados a la vejez recibían los aplausos con cariño de un público variado de toda la ciudad.

La calle Conde del Asalto a principios de siglo ya era todo un lugar de reunión. No en vano, el barrio chino (Raval) es el antiguo "corazón" de Barcelona.

Cupletista en Bodega Bohemia, en cuya puerta un cartel rezaba "donde los artistas nacen".

Había  también en el barrio chino una conocida calle, Tapias, donde el amo con el lazarillo solían ir a menudo al tener en ella un cliente artista, que en una espaciosa buhardilla se dedicaba a pintar sobre papel grueso los decorados utilizados en los espectáculos teatrales. Cada vez que entraban por aquella calle salían de las bodegas a su encuentro señoras viejas que pedían un bocadillo o cigarrillos a cambio, decían, de pasarlo bien un rato. Al lazarillo le daban bastante pena, porque parecían tener más hambre que él mismo.

Calle Tapias, en una fotografía de 1930.

También era muy conocida la calle Robadors aunque un poco apartada de lo que entonces se consideraba barrio chino, y en ella también se veían muchas mujeres en los portales. El teatro Romea por ejemplo nadie lo ubicaba en  el barrio chino, a pesar de estar situado a solo 100 metros de la calle Robadors.

La calle Robadors, en pleno barrio chino.

Y por último, existía un lugar del que los mismos habitantes del barrio chino se sentían bastante avergonzados, se trataba de la llamada “Terra Negra”. El lazarillo desconocía aquel lugar que quedaba fuera de las rutas de trabajo que recorría con el amo, aunque conocía su existencia porque prácticamente toda la ciudad había pronunciado su  nombre alguna vez.

Aprovechando que una noche los mayores de su barrio tenían intención de ir allí para, decían, reírse un rato, el lazarillo se agregó al grupo.

Se trataba de un solar bastante grande donde parece ser existió un almacén de carbón, de ahí seguramente su nombre, donde solo al anochecer acudían hombres. El lugar impactó tanto al lazarillo, que se prometió a sí mismo no volver nunca más.

Mujeres o tal vez hombres (muy difícil era distinguir un rostro) adosados contra un muro, tenían ante sí hileras de hombres esperando turno, con los pantalones a medio bajar, para que les practicasen “manualidades” como se les oía decir entre risotadas. En aquella penumbra, lo único que se distinguía un poco eran los culos de los clientes, muchos culos blancos, y sus voces gritando “acaba ya, que hace frío,” seguido de una sarta de insultos.

Por aquel lugar parece ser que ni la policía quería acercarse y tal vez con razón, porque con tal cantidad de gente y totalmente a oscuras, los grises hubieran acabado pegándose entre ellos. Al lazarillo, a pesar de provenir de baja cuna, aquello le pareció espantoso.

Mujeres en portales y trajín de arriba para abajo en el edificio contiguo no era algo exclusivo del barrio chino en la Barcelona de la época (fotografía de Joan Colom).

Señoras en las puertas de sus casas esperando a alguien había muchas por todas partes, no solo en el barrio chino. En la entrada de la estación del Norte, junto a las puertas del Palacio de Justicia, en el Paseo de San Juan, otras paseando por las cercanías del Arco de Triunfo, en otra calle más alejada la Ronda San Antonio, y curiosamente muy cerca y frente al teatro Goya siempre se veían algunas de aquellas señoras hablando en grupo, calzadas con sus zapatos topolino y peinadas con aquel tupé que tantas mujeres lucían, al que se dio por llamar “Arriba España”. Lo extraño de aquel grupo al que todos los días se podía ver, es que por lo pintadas que iban no parecían esperar la hora de ir a misa, y sin embargo el callejón donde permanecían se llamaba curiosamente calle de la Virgen. Muy fuera de lugar daban la impresión de estar ellas.

Un tupé como el de la foto hacía furor en la época, conocido como “Arriba España”.

…Continuará…

 

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Una respuesta a “Barcelona, recuerdos de posguerra (XII)”

  1. Lo que se denomino “barrio chino”, fue el espacio comprendido entre Paral lel, Nou de la Rambla, La Rambla i Santa Madrona, lo demás fue distrito 5º, o Raval.

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