Barcelona, recuerdos de posguerra (III)

…Continúa desde el segundo capítulo…

Luego estaba el que llevaba varias pequeñas jaulas, dentro de las cuales había canarios. Para saber tu futuro bastaba con señalar al pajarito escogido. El hombre abría la jaula y el pajarito salía dócilmente, cogía con el pico un pequeño papel doblado en el cual había escrito el futuro y lo entregaba al interesado, para seguidamente volver disciplinadamente a su jaula. O aquel hombre se pasaba muchas horas en el adiestramiento, o tal vez ya habían aprendido que si no trabajaban no comían.

Sin embargo el verdadero apogeo de la Plaza Cataluña se producía todos los jueves por la tarde al convertirse en punto de encuentro de las criadas (raspas en el lenguaje de aquel tiempo) y los soldados que cumplían su servicio militar en los diferentes cuarteles que había en Barcelona.

De aquellos encuentros salieron no pocos noviazgos y hasta tal vez alguna boda. Los soldados se acercaban a las muchas chicas agrupadas y en voz alta preguntaban: “¿Hay alguna de Aragón?, ¿de Valencia?”, y así se iniciaba el contacto.

Alguna vez aparecían por allí los gamberros  jóvenes de la ciudad (trinxaraires se les  llamaba entonces) que entonaban canciones burlescas, como por ejemplo: “Raspa, tú que vas a la Gavina que fàs pudor de sardina i de bacallà fregit” (La Gavina era un modesto salón de baile situado en la Avenida Mistral, donde algunos soldados y “raspas” solían acabar la tarde).

La avenida Mistral en 1932. Archivo fotográfico de AHCB.

La sala de fiestas del Rigat, local de ocio y restaurante para los más pudientes.

Al anochecer, la Plaza Cataluña cambiaba totalmente de aspecto. En el lugar donde años después se edificaría El Corte  Inglés, se encontraba una gran sala de fiestas que todo Barcelona conocía, ‘El Rigat’. Y es entonces  cuando empezaba el desfile de vehículos. Taxis, todos con sus gasógenos en la parte exterior trasera (los gasógenos eran el tipo de combustión de los taxis debido a la escasez de gasolina que solo podían obtener los adinerados). Entre taxi y taxi paraban “los balilla”, coches de tamaño pequeño y negros que parece ser eran importados de Italia ya muy usados y que su precio en Barcelona  rondaba las 100.000 pesetas, es decir, un precio al que solo podían acceder los mismos de siempre. Y de todos aquellos vehículos se apeaban vestidos con buenos trajes y unos buenos puros en la boca, hombres de mediana edad que daban la impresión de estar bien alimentados, acompañados de vistosas mujeres que en invierno lucían sin excepción lujosos abrigos de pieles y largos collares (se trataba de estar a la altura de doña Carmen Polo de Franco, a la que el pueblo denominaba “la Collares”). Se trataba de aquellas que en la época recibían el cariñoso nombre de “queridas” y tener en aquellos tiempos una “querida”  era un signo de distinción para el que la lucía. La mayoría de esposas consentían a cambio de bienestar y lujo, incluso algunas presumían de la querida que tenía su marido.

Taxi por las calles de Barcelona. Años 50-60.

La esposa de Franco, Carmen Polo, conocida por el pueblo como "la Collares".

Aquellos hombres que habían pasado de ser individuos insignificantes y sin el menor asomo de cultura a nuevos ricos henchidos de orgullo y de  soberbia no desperdiciaron la ocasión para hacer ostentación de su nueva situación.

Así por ejemplo el lazarillo tuvo un día la desafortunada idea de colocarse en la puerta del “Palau de la Música”, a 50 metros escasos de donde vivía, con el fin de abrir las puertas de los taxis que allí se detenían, llevando como pasaje a la “crema” de la vulgaridad para asistir al concierto semanal de música clásica que naturalmente ninguno sabía apreciar, pero de lo que se trataba era ver quien epataba a quien con sus ropajes y joyas.

La célebre soprano teutona Elisabeth Schwarzkopf actuó por primera vez en el Palau de la Música Catalana en 1956.

El imponente Hotel Ritz en la Gran Vía.

El lazarillo había visto como los porteros uniformados de hoteles como el Ritz en la Gran Vía o el Colón de reciente construcción frente a la catedral recibían una propina al abrir las puertas de los taxis que llegaban con clientes. A los pocos minutos se presentó la ocasión con un taxi que paró y al abrir la puerta del vehículo apareció en la acera un muchacho de aproximadamente su misma edad pero con chaqueta, corbata y un exceso de grasa insultante, seguido del elegante y degenerado padre que con el puro en la boca al percatarse de la presencia del escuálido paria que le tendía la mano a la espera de algún mísero céntimo, sacudió la ceniza de su puro en la palma de aquella mano mientras esbozaba una obscena sonrisa que su hijo imitó. El lazarillo echó a correr calle abajo con su mano escocida y nunca más repitió el experimento. Durante años tuvo aversión a los hombres que fumaban puros y a los repelentes niños gordinflones (luego se le pasó).

…CONTINUARÁ…

 

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Una respuesta a “Barcelona, recuerdos de posguerra (III)”

  1. yo se de muy buena tinta que el trio los panchos que actuaron muchas veces en el rigat asi como Machin y otros artistas le dedicaron a una de mis tias la celebre cancion Maria Bonita, un dia que acompaño a su hermana lourdes y su marido Albert pons y mateu al Rigat

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