El buzón de la cumbre

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Como de costumbre, él siempre va delante. Su curiosidad no tiene límites, no deja de preguntar sobre todo aquello que llama su atención y el tiempo pasa rápidamente. Sobre los 1237 metros de altitud de la cima de La Capilla, máxima cota de la Sierra de Salinas, el día es tan radiante como desacostumbrado a finales de octubre. Al llegar, encontramos un redondo bote de plástico que contiene una libreta llena de anotaciones.

__¿Qué es esto, abuelo?

__El buzón de la cumbre.

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__¿Y para qué sirve? __Creo que ya le había hablado de él en otra montaña, pero era tan pequeño que seguramente, la primera vez no lo entendería bien, así que se lo explico de nuevo. Ahora si no lo hago, y además diligentemente con toda clase de detalles, no dejará de satisfacer su curiosidad.

__Pues mira Lorenzo, se trata de una tradición antigua de los montañeros que ya se está perdiendo y que pervive gracias a unos pocos románticos. Al principio de nuestro montañismo levantino, las sociedades montañeras organizaban concursos de cumbres y, para el control de los montañeros que subían, dejaban unos talonarios provistos de dos partes dentro de un recipiente (entonces eran unas petacas de zinc). El montañero rellenaba una parte o matriz del talón que se quedaba en la petaca de la cima y también la otra que, se cortaba y entregaba en el club para certificar de esa manera que había subido a la cumbre.

__Pero esto es una libreta abuelo.

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__Ya lo sé Lorenzo. Aquellos curiosos talonarios ya casi no se ven en las montañas y ahora un libro o una libreta los sustituyen a modo de registro.

_¿Y ahora ya no se hacen los concursos?

__Se hace poco. Por esta comarca ya no.

__Entonces abuelo, ¿cómo van a saber que yo he subido a esta cumbre?

__Pues es muy fácil. Lo escribiremos en la libreta que hay aquí y quedará claro de que tú también subiste.

Ves, aquí escribimos unas letras que dejan constancia de nuestra ascensión en este día y ahora lo volvemos a guardar en el bote de plástico para que todo el que suba después sepa que hemos estado aquí. Anda firma.

__Abuelo, yo no sé firmar.

__Pues mira firmar es poner tu nombre y una rúbrica personal.

__¿Y qué es una rúbrica?

__Pues un garabato.

__Vale, ya lo entiendo. Y así podremos verlo cuando sea mayor y vuelva a subir a esta montaña.

__Así es Lorenzo. __Y la abuela y yo nos miramos con una sonrisa y la leve tristeza de saber que tal vez sólo él subirá en busca de sus recuerdos, pero contentos pues intuimos que estos momentos ya forman parte de nuestras vidas y esperamos que de los buenos recuerdos de sus primeras cumbres.

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Decidimos regresar para almorzar en la cueva de la Lágrima. El cielo estaba limpio y la vista abarcaba infinita hasta donde la vista alcanzaba. Una vez más, el esfuerzo por la cima había valido la pena.

“Tal vez no sea la cumbre el deseo del montañero, sino el sentimiento que su logro despierta”

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Una respuesta a “El buzón de la cumbre”

  1. Yo como Lorenzo también pregunté para que era esa libreta. Y bien desde entonces en cada cumbre que hago y allí donde encuentro el bloc dejo constancia de mi presencia.
    También como el volveré algún día a subir para recordar. No debería de perderse esa sana costumbre.

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