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Búho real: Seguimiento a nuestra familia (y III)

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…Continua la historia desde aquí… [2](Y aquí  la primera parte) [3] (por Néstor Rico, fotógrafo naturalista e Ignacio Mora, senderista curioso)

Y aquí el coco empieza a pensar: quizá, un nido tan accesible, un cetrero desaprensivo, llevarse los tres pollos para venderlos luego, dejar uno para que los padres al año siguiente vuelvan a anidar, pensar que a los adultos les ha ocurrido algo fatal, no se han podido alimentar bien, al final se abría comido el que quedaba a los otros tres, o quizá…

Quizá era ya la hora de ver mundo. Se nos ocurrió la idea de buscar al resto de la compañía por las inmediaciones del nido. Tal vez ya pasan las noches fuera y se escondan por la ladera.

Ladera arriba, ladera abajo, pero nada de nada.

Aunque espera, ¡Que es esa mancha entre los espartos! Hay que mirar con más atención y bingo! Acurrucado en el suelo está descansando uno de ellos. Oculto e invisible. De manera mimética cual piedra entre el espartal.

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Ni tan siquiera el artista Liu Bolin puede desaparecer de manera tan fantástica en el decorado que le rodea. El tamaño de estos animales, sus picos y garras como armas letales y la forma tan espectacular de pasar completamente desapercibido le ayudan a que no pueda ser descubierto por algún depredador bizarro, y si lo encuentra, que se enfrente a él.

Los otros dos hermanos que faltan tal vez se encuentren en las cercanías o ya hayan volado a otra ladera cercana, lejos de la curiosidad de los humanos. Pero es suficiente saber que ya pueden echar a volar ante cualquier peligro para imaginar que el resto de la tropa se encuentre a salvo.

Al acercarnos para fotografiarlo algo había detrás de un espino. La sorpresa final.

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Los tres pollos estaban reunido, todos juntos para pasar la noche anterior con la mayor seguridad posible. Nos parece sensato pensar que los adultos le van acercando los conejos a una zona próxima por la noche y por el día se ocultan entre la vegetación ampliando poco a poco su nuevo territorio aún por explorar.

Primeros vuelos: aceptables, planeantes pero seguros, no muy lejanos.

Aterrizajes: desastrosos. Es mejor no usar la cabeza para tal fin.

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Tras los primeros vuelos, se agazapan en el suelo y ahí se quedan, quietos. Seguros de que su inmovilidad y mimetismo les asegura ser transparentes. Sorprendiéndose por la fortaleza de sus ocho garras, la impresionante sutilidad de sus vuelos silenciosos, y su estilete pico intimidatorio.

Este sería el último día que fuimos a visitarles tras comprobar como todos los hermanitos habían crecido sin ningún problema, aprender más de su comportamiento y permitirnos sacar algunas fotografías preciosas de esta magnífica ave.

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Aquí termina nuestro trabajo.

Emociona pensar que esta misma noche, mientras tú estás descansando en la seguridad de tu cama, ajeno a su mundo, las cuatro crías se dedicarán a escudriñar la noche atentos a cualquier sonido que suene a comida o a peligro, aprendiendo a enfrentarse a sus primeros intentos de alimentarse por ellos mismos y aguantando el hambre como recompensa de sus errores.

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