Gabinete psicológico: cómo conseguir lo que te propongas

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“Deja de pensar en términos de limitaciones y empieza a pensar en términos de posibilidades”

Seguro que alguna vez te has preguntado ¿por qué ciertas personas siempre logran todo lo que se proponen? En referencia a ello, en el artículo de hoy vamos a hablar de procrastinación, obligaciones y retos para poner solución a nuestros hábitos de posponer aquellas tareas que nos molestan y conocer de qué manera podemos hacer una aproximación para llegar a alcanzar todo aquello que nos propongamos diferenciando entre obligaciones y retos para enfrentarnos al día a día.

La procrastinación, postergación o posposición es la acción o hábito de retrasar actividades o situaciones que deben atenderse, sustituyéndolas por otras situaciones más irrelevantes o agradables. Se trata de un trastorno del comportamiento que tiene su raíz en la asociación de la acción a realizar con el cambio, el dolor o la incomodidad (estrés). Éste puede ser psicológico (en la forma de ansiedad o frustración), físico (como el que se experimenta durante actos que requieren trabajo fuerte o ejercicio vigoroso) o intelectual. El término se aplica comúnmente al sentido de ansiedad generado ante una tarea pendiente de concluir. El acto que se pospone puede ser percibido como abrumador, desafiante, inquietante, peligroso, difícil, tedioso o aburrido, es decir, estresante, por lo cual se autojustifica posponerlo a un futuro sine die idealizado, en que lo importante es supeditado a lo urgente.

De forma natural, las personas tendemos a posponer tareas que nos resultan molestas, ingratas, aburridas, las que nos generan miedo, inseguridad, dolor, ansiedad o tristeza. El hecho en sí no es en ningún caso patológico, el problema aparece cuando se hace frecuentemente. Es en este caso cuando la persona comienza a tomar decisiones no en función de lo que quiere, sino en función de evitar lo que teme y de alejarse de lo que le genera malestar. Por lo que procrastinar se resume en: “deja para mañana lo que puedas hacer hoy”. Un claro ejemplo de esto es cuando nos proponemos “ir al gimnasio”, ya que deseamos el beneficio final de la actividad deportiva pero a corto plazo resulta fácil dejarse llevar por el deseo de descansar, quedar con un amigo o simplemente quedarse tumbado viendo la tele. Así, podemos procrastinar aquellas tareas que nos resultan aburridas o poco gratificantes. Sabemos que tendremos que realizarlas pero esperamos que llegue un momento mejor y que la motivación aumente. Otra razón diferente pero favorecedora de los aplazamientos indefinidos es la de creer que podremos organizarnos para hacer varias tareas a la vez, haciendo que un optimismo poco realista nos haga día tras día no finalizar las tareas relevantes que habíamos programado. Procrastinar a corto plazo produce alivio y cierta sensación de bienestar, pero a medio plazo aumenta nuestro malestar por no habernos enfrentado al problema y saber que todavía sigue estando pendiente. También es verdad que el extremo contrario, el “hacer hoy todo lo que pueda y no dejar nada para mañana” puede generar estrés y resultar una exigencia en muchos casos innecesaria. Las causas que favorecen procrastinar tienen soluciones específicas, sin embargo mantienen un punto común que consiste en buscar motivaciones mayores y reducir inconvenientes para hacer frente a las tareas pospuestas. Ser conscientes de los frenos que impiden que hagamos lo que creemos que es necesario, nos permitirá poder modificarlos, o por lo menos nos ayudará a aceptar, en el momento adecuado, lo que podemos o no afrontar.

A diferencia de la procrastinación, en otras ocasiones nos planteamos objetivos que finalmente logramos alcanzar, mientras que otras veces nos bloqueamos y no somos capaces de avanzar y resolver el objetivo que nos habíamos planteado. Por este motivo, es importante aprender a  diferenciar entre plantearnos retos y/o obligaciones, ya que ambos tienen beneficios y favorecen maneras de enfrentarnos al día a día, pero también consecuencias indeseadas.

Crearnos obligaciones nos ayuda a imponernos tareas, a activarnos, a ser constantes, a hacer cosas y a avanzar, la consecuencia negativa en este caso es que cuando se agolpan las obligaciones, también se multiplica la sensación de culpa o de malestar. A menudo por no sentirnos mal somos capaces de eliminar lo pendiente, pero en estos casos surge un gran problema: no sentimos placer por alcanzar nuestras obligaciones, sino que sentimos alivio.  Sin embargo, cuando nos planteamos retos, tendemos a definir objetivos, normalmente tomando conciencia de que vamos a encontrarnos con dificultades. Por ejemplo, realizar una actividad deportiva durante una hora puede ser una tarea dura en cuanto a la parte de sufrimiento físico que surge durante la actividad en sí, pero al aceptar esa sensación como parte de la meta que nos hemos propuesto hará que lo afrontemos con fortaleza y que si conseguimos nuestro objetivo nos sintamos felices y satisfechos, por lo que este sería un motivo para intentar cambiar obligaciones por retos.

Por otro lado, cuando uno no asume como propia una obligación, lo habitual es que si encuentra dificultades para llevar a término lo que se debe hacer (conflictos con otras personas, por ejemplo), uno negocie consigo mismo cuándo hacerlo, posponiendo frecuentemente, y también valorando de forma muy critica cada consecuencia o cada efecto no deseado que se pueda producir. Al no haber compromiso real con las situaciones que hay que afrontar es más fácil criticarse y percibir que constantemente cometemos errores que podrían haberse subsanado. De este modo se potencia la idea de que siempre existe una solución perfecta a cada problema, y si no la encontramos es terrible. Por el contrario, cuando nos decantamos por plantear retos en lugar de obligaciones existe un mayor compromiso con lo que se ha decidido hacer. Por ello la percepción suele ser muy diferente. En este caso se percibe el error como una consecuencia lógica de la decisión que se tomó ante una determinada problemática. No se ve en realidad como un acierto o un error, se ve como un toma de decisiones, lo cual es mucho más optimista y permite ajustar expectativas sobre lo que se puede conseguir y la capacidad real que se posee para afrontar objetivos.

Si después de lo expuesto estamos decididos a convertir una obligación en un reto, debemos plantearnos cómo hacerlo. Por ello, podemos seguir las siguientes instrucciones:

-Definir con exactitud lo que nos proponemos. Es importante saber exactamente y con nivel de detalle qué es lo que queremos. Debemos elegir cuándo, cómo y dónde queremos afrontar algo.

-Saber que existe un precio. Como todo en esta vida, adquirir lo que nos proponemos conlleva esfuerzo, ya que la idea de lograr algo nos costará parte de nuestro tiempo, esfuerzo y dedicación. Asimismo, ha de ser uno mismo quien adquiera compromiso con las sensaciones de malestar tras haberlas enumerado y descrito.

-Valorar si somos realistas con la meta que nos marcamos y si no es así redefinir el objetivo, graduarlo y de nuevo afrontar las sensaciones de malestar hasta conseguir nuestro propósito.

-Imaginar que ganaríamos si ya lo hubiésemos logrado, ya que cuando pensamos en todos los beneficios y ganancias de haber conquistado nuestras metas, nos damos cuenta de que realmente vale la pena luchar por ellos.

-Dedicarle cuantos recursos consideremos necesarios. En ocasiones, pensamos que con desear algo es suficiente, sin embargo las cosas no funcionan de esa manera, ya que por ejemplo dedicamos una hora diaria de nuestra vida a acercarnos a nuestros sueños, lograrlos será simplemente cuestión de tiempo.

-Perseverar. La perseverancia y persistencia, nos ayudan a conseguir nuestros objetivos, ya que nos mantienen en ruta y nos permiten lograr el éxito de manera garantizada.

Nada es fácil, pero poder proyectarnos hacía nuestros retos es mucho más satisfactorio que pasarnos el día presionándonos para hacer lo que debemos hacer. Lo importante es no rendirnos, ya que si empezamos algo es porque en algún momento pensamos en terminarlo.

“Abre tus ojos, mira dentro. ¿Estás satisfecho con la vida que estás viviendo?”

 (Bob Marley)

La psicóloga Estefanía Valero aborda periódicamente asuntos que preocupan a los ciudadanos e inciden en su salud mental. Valero cuenta con máster en Psicología Clínica y Salud y con experiencia profesional en el ámbito de la psicología desde hace más de 7 años. En la actualidad, es psicóloga de Gabinete Veintiuno, centro que ofrece servicio especializado en psicología y psiquiatría, siendo una de sus principales pretensiones revolucionar la intervención psicológica convencional convirtiéndola en algo más práctica y adaptada exclusivamente a cada persona.

 

Gabinete psicológico:  resilencia: vía para ser feliz
Gabinete psicológico: resilencia: vía para ser feliz

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